Tuesday, June 10, 2008

Palabras de Ernesto Sabato en la Conferencia Paz en la Paz

He querido venir hasta acá, a mis 91 años, porque al igual que todos ustedes vivo angustiado por el destino del mundo.

El amargo presente al que nos enfrentamos, exige que nuestras palabras nuestros gestos, nuestra obra, se consagren, como verdadero cumplimiento de nuestra vocación, a expresar la angustia, el peligro, la incertidumbre, pero también la esperanza, el coraje y la abnegación de la sufriente y heroica humanidad.

En medio de esta tremenda situación, cada hombre y cada mujer están llamados a encarnar un compromiso ético, que lo lleve a expresar el desagarro de miles y miles de seres humanos, cuyas vidas han sido reducidas al silencio a través de las armas, la violencia y la exclusión.

Tener una historia, poderla contar y en torno a ella reunirnos, es encontrar un hilo conductor con el que hilvanar los pedazos de la vida que, sin ella, son fragmentos sin contexto, partes de ningún todo.

Occidente, desde la Biblia, desde su mito fundacional del paraíso perdido, ubicó el problema ético, el problema del bien y del mal como origen y centro de su historia. Desde allí el hombre parte hacia la historia que estamos aún recorriendo. La que guarda en la memoria el bien perdido, y la esperanza del bien a recobrar. Para la Biblia, en el principio era la Ética. Pero Occidente se expandió por el mundo, conquistó cuanto halló a su paso, dominado por el principio fáustico, que designa el ansia europea de expansión, de conquista, de colonización de la realidad.

Cuando Fausto en la obra de Goethe, busca traducir el comienzo del Evangelio de San Juan, donde se lee “En el principio era la Palabra “, después de mucho pensar, termina encontrando la traducción que considera la correcta para los tiempos que se inician, y escribe “En el principio era la Acción”.

Desde entonces la moral intrínseca a ser hombres, lo que genuinamente nos constituye como tales, la pulsión hacia el bien y el mal, esa invitación sagrada expresada como origen de nuestra vida, fue dejada de lado para llevar adelante la acción. Entendiendo por tal, la conveniente a nuestros fines. Y así, con, la Biblia en la mano, pero el espíritu fáustico en nuestro corazón y en nuestro obrar, llegamos a todas las regiones del mundo.

Hoy, frente a la tragedia que vive la humanidad, debemos unirnos para recobrar, creándola, una narración que nos incluya como pueblos hermanos del mundo. Ya que si el origen del comportamiento ético está en mi, su cumplimiento no soy yo la ética es el otro. Y ésta no es una opción entre otras.

Como dijo el sublime Holderlin, ” Cuando abunda el peligro, crece lo que salva”. Con estas palabras quiero nombrar a este tiempo aciago en que vivimos, y también a la magnitud de la utopía a la que creo que estarnos llamados a encarnar.

Como ustedes saben vengo de un País que pertenece a esta misma tierra americana y que ha caído de la situación de país rico, riquísimo, que yo en mi juventud conocí corno la séptima potencia del mundo, a ser hoy una nación arrasada por los explotadores y los corruptos, los de adentro y los de afuera. Como la mayoría de nuestro continente, hundido en la miseria, sin plata para cubrir las más urgentes necesidades de salud y educación, exigido por las entidades internacionales a reducir más y más el gasto público, siendo que no hay ya ni gasas ni los remedios más elementales en los hospitales, cuando no se cuenta ni con tizas ni con un pobre mapa en los colegios.

Y pareciera que no tenemos salida porque debemos a esas instituciones internacionales cifras impagables que contrajeron quienes nos gobernaron con impunidad.

Nos hemos convertido en un país pobre y una deuda externa extenuante pesa sobre nuestro pueblo. Sufrimos una sensación de impotencia que parece comprometer la vida de nuestros hijos.

No sabemos adónde nos llevarán los años decisivos que estamos viviendo, pero si podemos afirmar que una concepción nueva de la vida está creciendo entre nosotros. En medio del caos, la pobreza y el desempleo todos nos estarnos sintiendo hermanados quizá corno nunca antes.

II

Que estamos frente a la más grave encrucijada de la historia es un hecho tan evidente que hace prescindible toda constatación. Ya no se puede avanzar por el mismo camino.

Basta ver las noticias para advertir que es inadmisible abandonarse tranquilamente a la idea de que nuestros países y el mundo superarán sin más la crisis que atraviesan.

Como dijo María Zambrano:
~’.Las crisis muestran las entrañas de la vida humana, el desamparo del hombre que se ha quedado sin asidero, sin punto de referencia de una vida que no fluye hacia meta a1guna y que no encuentra justificación. Entonces, en medio de tanta desdicha surgen los espíritus profundos y visionarios como Buber, Pascal, Schopenhauer, Berdiaev, Unamuno”

Todos ellos habían tenido la visión del Apocalipsis que se estaba gestando en medio del optimismo tecnológico. Pero la Gran Maquinaria siguió adelante, hasta que el hombre comenzó a sentirse en un universo incomprensible, cuyos objetivos desconocía y cuyos amos, invisibles lo trituraban. Entonces escribí:

“Esta paradoja, cuyas últimas y más trágicas consecuencias padecemos en la actualidad fue el resultado de dos fuerzas dinámicas y amorales: el dinero y la razón. Con ellas, el hombre conquista el poder secular. Pero –y ahí está la raíz de la paradoja¬ esa conquista se hace mediante la abstracción: desde el lingote de oro hasta el clearing desde la palanca hasta el logaritmo, la historia del creciente dominio del hombre sobre el universo ha sido también la historia de las sucesivas abstracciones. El capitalismo moderno y la ciencia positiva son las dos caras de una misma realidad desposeída de atributos concretos, de una abstracta fantasmagoría de la que también forma parte el hombre, pero no ya el hombre concreto e individual sino el hombre masa, ese extraño ser con aspecto todavía humano, con ojos y llanto, voz y emociones, pero en verdad engranaje de una gigantesca maquinaria anónima. Este es el destino contradictorio de aquel semidiós renacentista que reivindicó su individualidad, que orgullosamente se levantó contra Dios, proclamando su voluntad de dominio y transformación de las cosas. Ignoraba que también llegaría a convertirse en cosa.”

Han pasado cincuenta años de la publicación de este ensayo, ahora, con espantoso patetismo, muchos advierten el cumplimiento de aquella intuición que tanta amargura me trajo.

III

Estamos en la fase final de una cultura y un estilo de vida que durante siglos dio a los hombres amparo y orientación. Hemos recorrido hasta el abismo las sendas del humanismo. Y aquel hombre que en el Renacimiento entró en la historia moderna lleno de confianza en sí mismo y en sus potencialidades creadoras, ahora sale de ella con su fe hecha jirones.

Bajo el firmamento de estos tiempos modernos, los seres humanos atravesaron con euforia momentos de esplendor y sufrieron con entereza guerras y miserias atroces. Hoy con angustia presenciamos su fin, su inevitable invierno, sabiendo que ha sido construida con los afanes de millones de hombres que han dedicado su vida, sus años, sus estudios, la totalidad de sus horas de trabajo, y la sangre de todos los que cayeron, con sentido o inútilmente, durante siglos. La fe en el hombre y en las fuerzas autónomas que lo sostenían se ha conmovido hasta el fondo. Demasiadas esperanzas se han quebrado; el hombre se siente exiliado de su propia existencia, extraviado en un universo kafkaiano.

Camus decía que cada generación se cree destinada a rehacer el mundo, pero que la nuestra tiene una misión mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga; porque es heredera de una historia corrupta en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, pueden destruirlo todo; en que la inteligencia se ha humillado hasta ponerse al servicio del odio y la opresión.

Es imposible no corroborar a diario las palabras de Camus. Ante la visión de las antiguas torres derruidas, la vida se ha vuelto una inmensa cuesta en alto, Y aunque la fuerza del espíritu nos impulsa a seguir luchando, hay días en que el desaliento nos hace dudar si seremos capaces de rescatar al mundo de tanto desamparo.

Sufrimos el quiebre total de una concepción de la vida y del ser humano bajo cuyos valores e ideales surgieron las sociedades modernas. Una concepción de la vida que desplegó su ánimo en la conquista. No solo lo hizo en las ciencias, descartando antiguas sabidurías y a sus mitos sino también conquistando todas las regiones del mundo. Ahora, las terribles consecuencias están a la vista. El sufrimiento de millones de seres humanos está permanentemente delante de nuestros ojos, por más esfuerzo que hagamos por cerrar los párpados.

Veinte o treinta empresas internacionales tienen el dominio del planeta, en sus garras.
Continentes enteros en la miseria junto a altos niveles tecnológicos, posibilidades de vida asombrosas a la par de millones de hombres desocupados, sin hogar, sin asistencia médica. Diariamente es amputada la vida de miles de hombres y mujeres; de innumerable cantidad de adolescentes que no tendrán ocasión de comenzar siquiera a entrever el contenido de sus sueños.

En nuestros países, ya la gente tiene temor que por tomar decisiones que hagan más humana su vida, pierdan el trabajo, sean expulsados y pasen a pertenecer a esas multitudes que corren acongojadas en busca de un empleo que les impida caer en la miseria. Son los excluidos, esta categoría nueva que habla tanto de la explosión demográfica como de la incapacidad de la economía de regir, sin más, el destino de los pueblos. Son los excluidos de las necesidades mínimas de la comida, la salud, la educación y la justicia; de las ciudades como de sus tierras.

IV

Debemos volver a dar espacio en el alma de los pueblos, a una visión que pueda albergar valores como el amor por la criatura humana, la justicia, el sentido del honor y de la vergüenza, la honestidad, el respeto por los demás, la búsqueda del sentido sagrado de la vida.

Nuestra sociedad se ha visto hasta tal punto golpeada por el materialismo su espíritu ha sido corroído de tal manera por la injusticia y la frivolidad, que se vuelve casi imposible la transmisión de valores a las nuevas generaciones. ¿Cómo vamos a poder transmitir los grandes valores a nuestros hijos, si en el grosero cambalache en que vivimos, ya no se distingue si alguien es reconocido por héroe o por criminal? Y no piensen que exagero.

La verdadera obscenidad es que los chicos vean, a través de la televisión, de que manera honrosa se trata a sujetos que han contribuido a la miseria de sus semejantes. Y no me refiero sólo a los chicos de los países pobres, sino a todo Hijo de hombre. ¿Cómo vamos a poder educar a los chicos que crecen en la abundancia, mirando las caritas de las criaturas con hambre?

Para educarlos habrá que ponerles orejeras, hacerles olvidar los valores que hacen a la fraternidad de los hombres, y llenarles el alma con toneladas de informática y actividades, o simulacros de luchas por el bien común. Cuando éste existe únicamente cuando a todo hombre se lo llama hermano.

La persona se humaniza consintiendo a su impulso moral. Y nada podremos ofrecer a nuestra juventud si los privamos de poder entregar su vida por amor, especialmente hacia el otro que sufre, ya que es esta la raíz de la grandeza humana. Con este pensamiento, hace unos meses, he creado una Fundación que lleva mi nombre, destinada a los jóvenes para que encuentren en el trabajo social hacia los más pequeños y desamparados, una grave y sagrada alternativa frente al desempleo.

V

Como centinelas, cada hombre ha de permanecer en vela. Porque todo cambio exige creación, novedad respecto de lo que estamos viviendo, y para ello hemos de quitarle a este modelo neoliberal la pretensión de ser la única manera de vivir posible para la humanidad.

Si confesamos que todos tenemos una responsabilidad en lo que está sufriendo la humanidad, esto significa que en un momento no hicimos lo que pudimos haber hecho. Hoy habremos de comprometernos tan hondo corno para que lleguemos a expresar la frase de Kafka que dice: “Hay momento, del camino desde el que ya no se puede volver atrás lo importante es llegar a ese momento”

A pesar de las desilusiones y frustraciones acumuladas, no hay motivo para descreer del valor de las gestas cotidianas. Aunque simples y modestas, son las que están generando una nueva narración de la historia, abriendo así un nuevo curso al torrente de la vida. Basta con leer la historia, para ver cuantos caminos ha podido abrir el hombre con sus brazos, cuanto el ser humano ha modificado el curso de los hechos. Con esfuerzo, con amor, con fanatismo.

La posibilidad de comenzar a revertir esta situación está basada en la mirada que cada uno dirige a los demás. Este es el lugar del peligro y es también la oportunidad que nos ofrece la historia.

Porque esta crisis, que tanta desolación está ocasionando, tiene también su contrapartida, porque ya no hay posibilidades para los pueblos ni para las personas de jugarse por si mismos. El “sálvese quien pueda” no sólo es inmoral, sino que tampoco alcanza. Esta es una hora decisiva. Sobre nuestra generación pesa el destino, y es ésta nuestra responsabilidad histórica.

Y no me refiero a un país en particular, es el mundo el que reclama ser expresado para que el martirio de tantos hombres no se pierda en el tumulto y en el caos, sino que pueda alcanzar el corazón de otros hombres, para repararlos y salvarlos. La falta de gestos humanos genera una violencia a la que no podremos revertir con el uso de armas; únicamente un sentido de la vida más fraterno lo podrá sanar.

Debo confesar que durante mucho tiempo creí y afirmé que éste era un tiempo final. Por hechos que suceden o por estados de ánimo, a veces vuelvo a pensamientos catastróficos que no dan más lugar a la existencia humana sobre la tierra. Pero infatigablemente gana la vida, es como esas plantas que asoman entre los ladrillos, lejos del agua y del sol, mostrándonos aquella raíz primordial, capaz de nutrirse del manantial oculto del que surge el coraje para seguir luchando

Como afirma Junger:

“En los grandes peligros se buscará a lo que salva a mayor profundidad. Nuestra esperanza, a hoy se apoya en que al menos una de estas raíces vuelva a ponernos en contacto con aquel reino telúrico del que se nutre la vida de los pueblos y de los hombres.”

VI

Y así, en medio del miedo, y la depresión que prevalece en este tiempo, irá surgiendo, por debajo, imperceptiblemente atisbos de otra manera de vivir que busque, en medio del abismo, la recuperación de una humanidad que se siente a sí misma desfallecer. La fe que me posee se apoya en la esperanza de que el hombre, a la vera de un gran salto, vuelva a encarnar los valores trascendentes, eligiéndolos con una libertad a la que este tiempo, providencialmente, lo está enfrentando.

Aunque todos, por distintas razones, alguna vez nos doblegamos, hay algo que no falla y es la convicción de que, únicamente, los valores del espíritu pueden salvarnos de este gran terremoto que amenaza a la humanidad entera. Necesitamos ese coraje que nos sitúa en la verdadera dimensión del hombre.

Sin duda lo que hoy nos toca atravesar es un pasaje. Este pasaje significa un paso atrás. Para que una nueva concepción del universo vaya tomando lugar del mismo modo que en el campo se levantan los rastrojos para que la tierra desnuda pueda recibir la nueva siembra.

La vida del mundo ha de abrazarse corno la tarea más propia y salir a defenderla, con la gravedad de los momentos decisivos. Esa es nuestra misión. Porque el mundo del que somos responsables es éste: el único que nos hiere con el dolor y la desdicha. pero también el único que nos da la plenitud de la existencia; el que nos ofrece un jardín en el crepúsculo, el roce de la mano que amamos; esta sangre, este fuego, este amor, esta, espera de la muerte.

Este deseo de convertir la vida en un terruño humano.

Tenemos que abrimos al mundo, porque es la vida y nuestra tierra la que está en peligro. No hay ningún lugar del mundo que pueda considerar que el desastre ocurre afuera. Y no podemos hundirnos en la depresión, porque es de alguna manera un lujo que no pueden darse los padres de los chiquitos que padecen el hambre. En cambio cuando nos hagamos responsables del dolor del otro nuestro compromiso nos dará un sentido que nos colocará por encima de la fatalidad de la historia.

Muchos ya lo están haciendo. Son hombres y mujeres que, anónimamente, sostienen la condición humana en medio de la mayor precariedad. Unidos en la entrega a los demás y en el deseo absoluto de un mundo más humano, son ellos los que ya han comenzado a generar un cambio, arriesgándose en experiencias hondas como son el amor y la solidaridad. Y la tierra, así, va quedando preñada de su empeño.

Pero antes habremos de aceptar que hemos fracasado. De lo contrario volveremos a ser arrastrados por los profetas de la televisión, por los que buscan la salvación en la panacea del hiperdesarrollo. El consumo no es un sustituto del Paraíso

La situación es muy grave y nos afecta a todos. Pero aún así, son multitudes los que se esfuerzan por no traicionar los valores nobles, y ellos representan la gran mayoría del planeta, también en los países más desarrollados, quienes tienen hambre y sed de un mundo diferente; y en grandes continentes, millones de seres en el, mundo sobreviven heroicamente en la miseria.

Entre ellos los más vulnerables, inocentes, sagrados: hay millones de niños y niñas cuyas primeras imágenes de la vida son las del abandono y el horror. El tremendo estado de desprotección en que se halla arrojada la infancia nos muestra un tiempo de inmoralidad irreparable.

Para todo hombre es una vergüenza, un verdadero crimen, que existan doscientos cincuenta millones de niños explotados en el mundo.

Quiera Dios que sean ellos, estos pequeños chicos abandonados que nos pertenecen tanto como, nuestros propios hijos, quienes nos abran a una vida humana que los incluya.

Ernesto Sabato
Agosto 14 2002,
San Juan Puerto Rico

Colaboración de Arsenio Rodríguez


Nuestro miedo más profundo no es que seamos inadecuados.
Nuestro miedo más profundo es que somos excesivamente poderosos.
Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que nos da más miedo.
Nos preguntamos, quién soy para ser brillante,
Hermoso, talentoso o fabuloso?
De hecho, quién eres para no serlo, si eres un hijo de( dios) ?
Jugar de ser pequeño e indefenso no le sirve al mundo para nada.
No hay nada de iluminador en hacerse el pequeño para que otros alrededor tuyo no se sientan inseguros.
Todos estamos hechos para brillar, como los niños.
Vinimos a este mundo para manifestar la gloria de ( dios), que se encuentra dentro de nosotros.
Esto no existe solo en unos pocos, está dentro de todo ser humano.
Y si logramos hacer que nuestra luz tenga libertad de brillar, de manera inconsciente, les otorgamos a otras personas el derecho de hacer lo mismo.
Si nos liberamos de nuestros miedos, nuestra presencia liberará los de otros.

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EL ADORMECEDOR DISCURSO APOCALIPTICO ( por Luis Diego Mata Solís)

“No basta solamente (…) con adaptarse a la nueva realidad, ni es suficiente aminorar los efectos dañinos del calentamiento global, sino que hay que ir a algo más profundo: hay que refundar el sentir de la vida, hay que recrear una nueva espiritualidad, es decir, un nuevo sentido más amplio de nuestro pasar por este mundo, de nuestra coexistencia como seres humanos, para hacer que la Tierra, la humanidad, puedan, sigan teniendo futuro.”

Leonardo Boff

En el marco de la serie de manifestaciones y amenazas del cambio climático y la crisis alimentaría que se avecina, corren anuncios apocalípticos acerca de los riesgos que se ciernen sobre las distintas formas de vida en el planeta. Aunque dichas amenazas, así como la problemática medioambiental son reales, el discurso apocalíptico y fatalista implica importantes limitaciones al análisis de las mismas y, más aun, a la denuncia necesaria de las circunstancias y causas reales que las han venido originando, lo cual es, en absoluto, inocente, por tanto poco se dice acerca de la racionalidad económica imperante, e inherente al sistema social capitalista, y basada en la explotación irresponsable de los recursos naturales y la exclusiva generación de riqueza al costo –ambiental y social- que sea.

El discurso apocalíptico y fatalista tiende a presentar las problemáticas ambientales y sus amenazas sobre la vida como algo “natural” e “inevitable” –que “estaba escrito”-, y no como un desenlace al que nuestra civilización ha venido enrumbándose de la mano de la conformación y consolidación del sistema mundo capitalista y la totalización de las relaciones mercantiles como únicas necesarias y posibles para las sociedades, al punto de encontrarse, como ha venido señalando el filósofo brasileño Leonardo Boff, en una crisis de civilización, una crisis de sentido y de falta de rumbo histórico.

En medio de esta crisis, y la inherente encrucijada referente a los valores a partir de los cuales nos relacionamos tanto entre nosotros, como con las demás especies y formas de vida, y con la naturaleza en su conjunto, el principal reto que enfrenta la humanidad actualmente radica en el aseguramiento de las posibilidades de continuidad de la vida en el planeta.

Para ello, resulta central la búsqueda y el planteamiento de alternativas a la racionalidad económica imperante en el marco de la globalización neoliberal en curso, cuya obstinada totalización, en beneficio de unos pocos más y más ricos, intenta convencernos de sus beneficios y, peor aún, de la imposibilidad de construir, desde una lógica opuesta a la de la acumulación de capital, otras formas posibles de orientar las economías y de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza de la que somos parte, aun cuando ya sus costos ambientales y sociales plantean la inviabilidad del modelo imperante, basado en la explotación abusiva e irresponsable de la naturaleza y la mercantilización de todo en aras del crecimiento económico y la reproducción del sistema capitalista.

El enfrentamiento de este reto, eminentemente político, tiene como condición fundamental asumir la ética del bien común y reivindicar los valores de la solidaridad y la cooperación, en oposición a “la competitividad” y “la eficiencia”, fundamentales dentro de la ideología neoliberal que tiende a imponer la homologación entre sociedad y mercado, y la naturalización de las asimetrías sociales y económicas y de la exclusión, desde una obscena e interesada tergiversación de las teorías evolucionistas, al plantear que en esta sociedad de mercado –de perdedores y ganadores-, se imponen “las leyes de la selva” y sobreviven sólo los más fuertes, es decir, los que tienen y tienen más –los ganadores- frente a los que tienen cada vez menos o no tienen nada –los perdedores.

Las serias amenazas para la vida en el planeta no responden al movimiento de los astros, ni a un destino que finalmente debía cumplirse como ya había sido establecido desde antes del inicio de la aventura humana. Son el producto de relaciones y comportamientos concretos, y su enfrentamiento, igualmente, ha de venir de la toma de decisiones políticas concretas, de un cambio cultural y de actitud generalizados y de la toma de conciencia acerca de la responsabilidad individual, colectiva, institucional y política que, como humanidad, tenemos. Se continuaría caminando en el sentido opuesto al enfrentamiento real de dicho reto si lejos de atribuir las responsabilidades pertinentes y de propiciar las transformaciones necesarias, nos limitáramos a recibir los siguientes anuncios de las profecías apocalípticas que sirven para distraer mientras el capitalismo busca su reproducción a costa de las cada vez más vidas, incluida la de la naturaleza en su conjunto.

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MI CUERPO Y YO ( por Alda Facio)

No morí un mes después de cumplir 60 años como lo había presentido desde hace tiempos. Y ya que no estaba muerta, decidí ver mi cara en el espejo cuando volví del hospital. ¿Mi cara? En realidad no había una cara. Frente a mí estaba una masa roja y morada donde mi cara debería estar. Quise haber muerto. ¿Cómo podría trabajar sin mi antigua cara? ¿De dónde iba a sacar las agallas para pararme frente a las y los participantes de mis cursos con una cara así? Es más, ¿cómo iba a vivir con tanta fealdad? ¿Por qué no me morí como lo había presentido mientras caía por las escaleras? ¿Por qué no me morí? Estaba segura que hasta había visto el famoso túnel con la luz al final de que tanto se habla. Entonces, ¿por qué estaba esa “yo” reflejada ahí en el espejo?

Sin embargo, he de confesar que me sentía muy agradecida de no estar muerta como sentí estarlo cuando me estrellé contra el suelo. La monstrua en el espejo me recordó mi “viaje” hacia esa luz que yo sabía era mi muerte. No había sentido miedo sino más bien una gran tristeza de dejar atrás mi cuerpo. Hacia delante veía la luz que me llamaba seductoramente hacia ella. Atrás mi cuerpo inerte me pedía que no lo dejara: “quedate, quedate conmigo” me decía una voz que luego supe era la de mi amiga hondureña que supo hacer su voz más apetecible que la luz. El tiempo que estuve dentro del túnel me permitió pensar en mi cuerpo con una gran ternura. Sentir cariño hacia él era muy nuevo para mí y sin embargo, al verme ahí frente al espejo podía aún sentir esa nostalgia por mi cuerpo que experimenté cuando creí que muy pronto él ya no estaría más en este mundo. Estaba agradecida con él por su gran fortaleza. Ningún hueso quebrado y aunque me veía espantosa y todo me dolía, estaba intacto. Creo que hasta me sentí orgullosa de él. ¡Qué cuerpo más bueno me tocó¡ le dije a la monstrua en el espejo y regresé a la cama para reflexionar sobre la difícil relación que había tenido con mi cuerpo por más de 50 años. Una relación que aunque se había ido mejorando a través de los años, aún no era para nada amorosa.

Acostada en silencio en mi cama decidí que si no me iba a morir a los 60, entonces tendría que mejorar en mucho la relación con mi cuerpo. Necesitaba amar el que tenía antes del accidente, y al que tendría después. Quería aprender a amar las cicatrices que probablemente tendría en toda mi cara, pero también las arrugas, pechos caídos y panza que definitivamente ya tengo. Ellos son testimonio de mis seis décadas en este planeta y prueba tangible de que he resistido los embates del Patriarcado. Quiero llevarlos visibles como muestra de que soy un ser viviente y no un objeto que permanece intacto con el transcurrir de los años.

Pero para poder amar este cuerpo envejeciente, primero requiero tener una mejor conexión con mi cuerpo. Definitivamente tendría que aprender a descifrar los mensajes que constantemente me manda. Recuerdo que toda mi vida he tenido dificultad para no seguir comiendo cuando ya no tengo hambre, quedarme en mi cuerpo cuando estoy teniendo relaciones sexuales o para reconocer cuando estoy demasiado cansada y debo descansar. Sé que generalmente confundo el estar enojada con estar deprimida y raras veces he podido expresar una gran gama de emociones que mi cuerpo estaba experimentando. ¿A dónde podría ir para aprender el lenguaje de mi cuerpo? ¿Existirá una escuela así?

No, por supuesto que no, más bien existen muchas escuelas que nos enseñan todo lo contrario. Cada una de las instituciones patriarcales, a su manera, nos enseña a odiar a nuestros cuerpos y a desconectarnos de ellos. Por ejemplo, en mi mesa de noche está un catálogo de Avón que me trajo una amiga por medio del cual aprendo que no soy como debo ser porque mi piel no luce joven, mis labios no están brillantes, mi pelo es gris y mis uñas son muy pálidas. También aprendo que estoy demasiado gorda para poder comprar la ropa interior “sexy” que lucen las modelos que no pasan de los veinte y que soy demasiado enana para poder usar cualquiera de los pantalones de ejercicios que debería hacer para perder peso.

Una amiga me llama para decirme que el accidente podría ser una bendición. Ahora puedo hacerme una cirugía plástica sin preocuparme por mis principios feministas. Es decir, podría aprovechar la probable necesidad de cirugía reconstructiva para hacerme una de rejuvenecimiento. Más tarde me trae un folleto de una de las tantas clínicas de belleza que tenemos en Costa Rica. En la portada está una joven pelirroja, alta, esbelta en ropa de interior roja sosteniendo una rosa del mismo color. Deje aflorar su belleza interior, me dice, invitándome a comenzar el proceso natural de sacar esa belleza a través de la cirugía plástica u otros procedimientos “no invasivos”. El folleto ofrece anti-aging, rinoplastia, restylane-belleza natural, peeling químico, rejuvenecimiento facial, contorno corporal, cirugía de la mirada, lifting frontal, y tantos otros procedimientos que me harán lucir saludable otra vez. Sí, leyó correctamente, “saludable” es la palabra que usa. Así que no sólo soy vieja y fea, un monstruo que necesita todos esos procedimientos y cirugías, sino que además no soy saludable, ni natural y probablemente hasta inmoral por no haberme hecho ningún mejoramiento hace al menos una década.

Aunque no sé si estoy enojada o deprimida, pienso en tantas cosas que he aprendido sobre mi cuerpo en la escuela de la vida patriarcal. Recuerdo como fui llevada a ignorar los signos que me enviaba mi cuerpo desde muy chiquita. De hecho, todas las mujeres crecemos en una cultura que nos va convenciendo que nuestros cuerpos siempre necesitan ser alterados porque están demasiado gordos; que debemos depilarnos hasta en las partes más íntimas; que no debemos oler excepto a perfume, que nuestra piel es demasiado seca o grasosa, pálida u oscura; que nuestra nariz no es como la de la princesa de moda, que nuestro pelo necesita infinidad de productos para verse “natural” y “sano”, y tantos otros mensajes que resultan en que la mayoría de nosotras detestamos todo o algún aspecto de nuestros cuerpos. Sé que para mí, ignorar mi cuerpo fue una estrategia de sobrevivencia debido al abuso sexual que sufrí de niña y eso se lo agradezco a mi cuerpo que me ha protegido, hasta que estuve lista, de muchas verdades que mi mente consciente no podía soportar en su momento. Pero yo, como la mayoría de las mujeres, crecí completamente alienada de mi cuerpo y no sólo de mi sexualidad agredida. Entonces, ¿ahora que mi cuerpo entero estaba doliendo, qué podría yo aprender de él?

Acostada en la cama decidí tratar de oír los mensajes que me estaba enviando mi cuerpo. ¿Qué podría aprender de ese dolor en mi hombro? Recordé experimentar un dolor similar cuando dormía con unos rulos enormes para poder amanecer con el pelo lacio. Ah, y el dolor en mi pie izquierdo también me hizo recordar la larga caminata con mis tacones altos a misa los domingos. Por supuesto que me dolían los pies pero cuando tenía quince años juraba y requete juraba que ni los tacones ni los rulos me molestaban en lo más mínimo. Usted estará pensando que no ponerle atención a un dolorcillo causado por unos rulos o unos tacones altos no tiene mucha importancia. Y la verdad que talvez no la tenga. Es más, como feminista que he sido por tantos años, además de tratar de convencer a otras contra el uso de tacones altos y otros instrumentos de tortura que la sociedad patriarcal nos vende como “elegantes” o “sexys”, yo encontré una solución personal a este problema: no uso tacones altos desde hace décadas y jamás volví a ponerme ningún tipo de rulos. Ando muy contenta con mi pelo gris y realmente he superado el sentirme “enana” como me llamaban mis compañeras en la escuela. Pero esto no significa que ame mi cuerpo. Sólo significa que he aceptado sus defectos, o peor aún, que no les doy importancia. Esto no es conexión.

Permanezco en silencio en mi cama y empiezo a comprender la desconexión con mi cuerpo que significó caminar y dormir en esas condiciones. Sólo no prestándole atención a lo que mi cuerpo sentía pude haber caminado las dos millas de mi internado a la iglesia con aquellos tacones altos. Sólo ignorando la tensión en mi cuello pude dormir durante tantas noches con unos rulos enormes. Esto sí tiene importancia cuando me doy cuenta que caminar y dormir en esas condiciones son sólo dos de las miles de maneras que aprendemos la enorme auto traición, encubrimiento y engaño que se requieren para convertirse en “mujer” en este Patriarcado. Peor aún, aprendemos que mentir, ocultar la verdad y no ser nosotras mismas está bien, o al menos, es como deben ser las mujeres. ¿Cómo podemos amar nuestros cuerpos si constantemente necesitamos mentir sobre nuestra edad, si no con la palabra como lo hacían nuestras abuelas, sí con las cremas y cirugías que nos prometen la eterna juventud? ¿Cómo amar nuestros cuerpos si tenemos que ocultar cuántos años han estado en este planeta? ¿Cómo amarlos si odiamos cómo huelen y la manera en que envejecen? Pienso que no podemos amar aquello que es la causa de tanto dolor, vergüenza o culpa. De hecho, en el Patriarcado a las mujeres se nos entrena a negarle amor a nuestros cuerpos, que dicho sea de paso, es lo mismo que negárnoslo a nosotras mismas.

Me pregunto entonces qué puedo aprender de este accidente. Mi esperanza es que después de ver mi muerte y entender que no estoy tan desapegada de mi cuerpo como lo creía, podré iniciar una relación amorosa con él, relación que será aún más difícil ahora que tengo sesenta. A esta edad, una relación así implica que no sólo tendré que amar a un cuerpo que de acuerdo a las normas culturales patriarcales no era bello, sino que tendré que amarlo a pesar de que ya no será tan ágil ni sanará tan rápido como lo hacía hace algunos años. Peor aún, tendré que amar un cuerpo que cada vez dependerá más de que yo esté consciente de sus necesidades: más ejercicio, menos azúcares, más descanso, menos grasa, más agua, menos vino. Cuando pienso en estas cosas, siento de nuevo un viejo rencor contra mi cuerpo. ¿Por qué tengo que cuidarlo? ¿Por qué no se cuida solo?

Y de nuevo la desconexión. Me digo que yo soy mi cuerpo. Que no hay un “yo” sin mi cuerpo. Que mi cuerpo no es el templo de mi alma sino que mi cuerpo, mi alma y yo somos uno. Viajo más profundo dentro de mi ser y me doy cuenta que estoy viajando por el universo. Que mi cuerpo es el universo porque no hay separación entre él y mi ser. Siento que yo no existo separada del universo, que no estoy ni dentro ni fuera de él sino que soy una con él. Sigo profundizando en este viaje hacia adentro y hacia fuera de mi ser y presiento cuan sagrado es mi cuerpo. Cuando siento la divinidad en mí, quedo asombrada ante tanta belleza igual que me maravilla la magnificencia de los árboles, los pájaros o cualquier otro ser. Nuestros cuerpos, como todo ser viviente, envejecen porque está en nuestra naturaleza hacerlo. Envejecer y morir es parte de la vida. Me doy cuenta que después del accidente, la muerte no es una idea abstracta sino algo que siento en mi cuerpo. Este sentimiento me hace sentir más viva que nunca y me lleva a comprender que mi cuerpo, como la vida, está en permanente cambio. Entiendo de otra manera que nacer y morir son dos caras de la misma moneda. Me encanta esta sensación/entendimiento. Pero ¿cómo la mantengo presente cuando todo lo que me han enseñado es separación, desconexión, engaño?

Cómo saber cuando estoy desconectada de las necesidades de mi cuerpo, es decir, de mi ser, o por el contrario, estoy respetando y amándolo/me. ¿Dónde termina el placer que siento cuando me gusta como me veo con un nuevo peinado, una bella falta india o unos maravillosos aretes y empieza la imposición de una estética patriarcal y misógina? ¿Cómo saber cuándo me adorno porque me gusto o por el contrario, lo estoy haciendo porque no me gusto? ¿Quiero cuidar mi peso para estar saludable, o es ésta otra mentira patriarcal? ¿Debo hacer ejercicios aunque no disfrute hacerlos, o es esto otra forma de torturarme para lavar mi culpa por no ser como debo? ¿El que queramos vernos siempre jóvenes se deberá a que a los patriarcas dueños de las grandes farmacéuticas les interesa que gastemos dinero rejuveneciéndonos o de otra manera “mejorando” nuestra apariencia, o vendrá del miedo a morir? ¿O será que quienes tienen poder sobre nosotras siempre se han montado sobre nuestros miedos más ancestrales para empujarnos a comportarnos de ciertas maneras?

Miedo, vergüenza y culpa son emociones que todas las personas sentimos. Son útiles para nuestra propia sobrevivencia o la de nuestra comunidad. Necesitamos una dosis de miedo para no hacernos daño. Sentirnos culpables por abusar de alguien nos hace mejores personas. Sin embargo, también es cierto que hay contextos en que tenemos que luchar contra estas emociones porque nos inmovilizan. Pero luchar contra el miedo a vernos diferentes de lo que la estética impuesta nos obliga, exige mucha energía de nuestra parte. Es más, luchar en todos los niveles en donde la estética patriarcal se ha impuesto probablemente no siempre compense las constantes molestias: que nos miren fijamente o se burlen de nuestra inconformidad en público o privado, que los hombres adultos o las y los jóvenes nos ignoren totalmente como si no existiéramos, que nos nieguen un trabajo o un ascenso porque no tenemos la apariencia requerida, son algunas de las “molestias” que acarrea el no tener el físico adecuado.

Pero, en un mundo donde tantos derechos son denegados a tantísimas mujeres, ¿será ético invertir tiempo y energía defendiendo nuestro derecho a tener la apariencia que nos de la gana en vez de articulando el tipo de sociedad que necesitamos? ¿Pero no es este el punto? ¿No es precisamente el hecho de que las mujeres siempre hemos tenido que lidiar con aquello que es considerado de “menor importancia” la razón por la cual no nos hemos podido liberar del Patriarcado? Cuando tratamos de cambiar la sociedad sin cuestionar la estética que nos esclaviza, ¿podremos lograr un mundo más libre y justo para mujeres y hombres? Yo lo dudo.

Así que de nuevo me enfrento con el dilema de saber encontrar la justa medida. Agradezco al feminismo que me ha enseñado que esto no lo tengo ni puedo hacer sola. Sé que necesito a otras mujeres que me ayuden a crear el contexto en el que juntas podremos más auténticamente definir nuestra propia estética. Sé también que si no lo hacemos, si no criticamos y resistimos colectiva y políticamente a la estética impuesta, no lograremos desenmascarar todas las facetas de este Patriarcado que nos ha deshumanizado por tantos milenios. No me malentiendan, no estoy diciendo que luchar contra la estética impuesta sea la lucha más importante que tengamos que hacer, pero sin ella, no podremos cambiar nuestra forma individual y colectiva de estar en este mundo que pasa por nuestra forma de relacionarnos, individual y colectivamente, con nuestros cuerpos.

A nivel individual, tengo también la suerte de estar cerca de una mujer que valientemente decidió, hace más de una década, no hacerle caso a quienes le aconsejaron hacer lo correcto después de su mastectomía: esconder este hecho del público. Ella me ha enseñado que se puede ser bella aunque no se tenga el número correcto de mamas. Me inspira su decisión de hacer visible su mastectomía para que sirva de testimonio de que el cáncer de mama es una epidemia, pero más importante aún, para que sepamos que no es necesariamente una sentencia de muerte. Al menos no inmediata. Ella me ha enseñado que la lucha contra la estética impuesta, aunque se dé sólo a un nivel muy personal, no puede menos que tener efectos políticos. Y claro, nuestros cuerpos son también nuestra carta de presentación y lo que digamos en ella tiene mucha importancia.

¿Tendré yo el coraje de salir al mundo con mis grandes cicatrices en la cara? ¿Seré tan fuerte como para sobrellevar las miradas de desaprobación? No lo sé todavía. Lo que sí sé es que si voy a poder hacerlo debo aprender a estar más conectada con mi cuerpo. Afortunadamente ya la vida me ha dado otras lecciones y por ende he aprendido que estar conectada con otro ser significa amarlo como es y no como a una le gustaría que fuera. Así, conectarme con mi cuerpo tendrá que significar amarlo con cicatrices, arrugas y todo lo demás que implica haber estado viva en este planeta por más de 60 años

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BREVE PERO CLARO ( por Sam Keem )

“El mundo necesita una nueva historia. El cuento que nos hacemos hoy es militar, económico y tecnólogico. Necesitamos dar voz a la mayoría de la gente para que cuenten sus historias. Las voces que no se escuchan.”

Sam Keen
En el foro Sinfonía para la Transformación
de la Alianza Para La Nueva Humanidad
San José, Costa Rica
marzo, 2008

Cuando salimos de nosotros mismos y nos hallamos cada uno en el otro, nos regocijamos en la belleza de la compañía, de los sueños y visiones que compartimos - entonces somos plenos…

Hace un tiempo ya que venimos caminando estos senderos de convergencia y ha sido bueno. Ha liberado al conocimiento de todos, historias inspiradoras, ha precipitado en muchos un cambio en sus corazones, dejando salir la generosidad, el reconocimiento de los demás. Tantas sonrisas ofrecidas y recibidas, a pesar de nuestra separación, tantas miradas amables, abrazos, compromisos de ayuda acaecidos, tanto compartir de riquezas materiales y espirituales realizado.

“Un día despertaremos y nos daremos cuenta que somos todos familia” dijo hermosamente Desmond Tutu.

Estamos despertando y despertaremos todos algún día. El despertar es contagioso. Crece cuando se comparte con los demás. Por algún tiempo hemos estado conectándonos en esta emergencia de un nuevo despertar, tratando de describirnos entre nosotros en palabras y pensamientos esta nueva dimensión del ser que comenzamos a percibir al irse abriendo nuestros ojos.

Una comunidad de voces y sentimiento se está conectando. Desde las calles de Bogotá a las villas de Sri Lanka, de la simplicidad de una escuela rural en Tanzania a los centros corporativos en Europa y Nueva York, donde la gente explora maneras para entender, expandir, definir, converger y construir nuevos modelos sociales que estén en línea con este despertar..

Se cuela por entre las barreras de nuestros egos, se escapa de nuestras agendas personales e institucionales, secretas o no. Es más grande que nosotros, nos creamos importantes o pequeños, este anhelo de unidad, de despertar, de saber que somos todos familia.

Hoy, mientras nos salimos de nosotros mismos y descansamos en nuestra mutua compañía, en este universo maravilloso, demos gracias, estemos profundamente agradecidos, que nos hayamos conocido, intercambiado correos, sonrisas, o abrazos. Que hayamos reconocido en humildad la extraordinaria presencia de cada uno.

A quienes representan la gratitud en un día simbólico les decimos, den gracias a cada uno por cada uno, porque sólo somos cuando estamos todos unidos, cuando nos sabemos todos familia. Para aquellos que expresan su gratitud con cada paso y con cada aliento, por estar vivos y conscientes, pidámosle que compartan con todos su belleza y que nos inspiren e inviten a todos a abrir nuestros ojos para ver lo extraordinario de lo ordinario. .

Hoy mientras nos salimos de nosotros para descansar en la compañía mutua, encontrémonos de nuevo en esta alianza de vida, de corazón, de canto, de manos en acción para dar. Hoy expresemos nuestra gratitud a todos por estar ahí, por leer nuestros correos, por escribirnos, por regar la voz de que estamos despertando, por venir a encuentros y foros, por ayudarnos a mantener los ojos abiertos a través de nuestro enfoque en esta visión de un mundo nuevo.

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LA PAZ ES EL CAMINO ( por Deepak Chopra)

¿Vivimos en un país que está a favor de la paz? Millones de estadounidenses creen fervientemente que sí y ningún hecho reprensible les hace cambiar de idea. Ellos le dan la espalda al daño que Estados Unidos produce, casi irreflexivamente, alrededor del mundo.

Las grandes empresas estadounidenses que no toleran ser sometidas a reglamentaciones en su país se van al exterior, donde pueden apilar el cancerígeno amianto en enormes montones sobre los cuales juegan niños asiáticos, vender potentes productos farmacéuticos en los mostradores en Tailandia sin necesidad de receta médica, provocar un escape de gas letal en Bhopal, India, y, en general, causar daños al ambiente del modo que mejor les parezca. Todas estas cosas son obra de estadounidenses.

También es Estados Unidos el mayor proveedor de armas en el mundo y es el país que manda a sus soldados al combate para que los maten esas mismas armas en manos de sus enemigos. Asimismo, es estadounidense la promoción del libre mercado, cualquiera sea su costo.

Henry James dijo tiempo atrás que ser estadounidense constituye un destino complicado. Todavía es así. Alguien decía que somos el único país al que todos odian y al que todos quieren trasladarse.

El año pasado vi un documental sobre el sistema de libre mercado, que se ha convertido en la nueva religión tanto de los economistas como de los políticos conservadores. Un economista tras otro elogió los esfuerzos de Estados Unidos para introducir en todos los países extranjeros el “American way of life”.

Al libre mercado se le atribuyó haber causado el fin del comunismo, el rescate de Chile de las garras de hierro del general Augusto Pinochet y la liberación del mundo de los sofocantes monopolios y de los privilegios de clase.

En medio de este cuadro halagüeño pintado en el documental, la cámara captó a un vendedor callejero en Tailandia que vendía sánduches en una carreta. Seguimos a este hombre cuando dejó atrás Bangkok y se dirigió rumbo al norte hasta unas exuberantes áreas de veraneo frecuentadas por turistas occidentales. El viaje terminó en un extraño y espectral lugar. Era un gran hotel en ruinas. Caminando a través de habitaciones a medio construir, el vendedor callejero puso en claro que él había sido el dueño de todo el complejo ahora abandonado. Había sido un floreciente empresario que había reunido millones de dólares para hacer realidad su sueño.

El dinero lo había obtenido a principios de los años 90 durante el boom de la moneda tailandesa creado enteramente por inversores estadounidenses. Unos pocos financieros sentados frente a sus computadoras en Nueva York llevaron a la economía tailandesa a un vertiginoso ascenso.

Luego, tan precipitadamente como antes, se pusieron nerviosos con la marcha del mercado monetario asiático y casi de la noche a la mañana el boom se convirtió en una caída catastrófica y el hombre que el lunes estaba construyendo un lujoso complejo hotelero se encontró el martes vendiendo sánduches. La doble cara de Estados Unidos como el mejor amigo del mundo y al mismo tiempo su peor enemigo se me reveló entonces de modo nítido.

Una primera alternativa es que Estados Unidos se convierta en una fortaleza aislada de las realidades que existen fuera de sus fronteras. En ese futuro ignoraremos la disparidad existente entre ricos y pobres que ya ha hecho tanto daño. Estados Unidos posee alrededor de 5 por ciento de la población mundial pero consume cerca de un tercio de sus recursos naturales. Emitimos la mitad de los gases de invernadero que, como el dióxido de carbono, están vinculados al calentamiento global. Sin embargo, en la fortaleza norteamericana nada de eso importará tanto como seguir siendo ricos y vivir confortablemente.

La segunda alternativa conduce a la verdadera globalización. Estados Unidos se dedicará a todo lo que actualmente está siendo ignorado. Asumirá el cometido de revertir el calentamiento global, de proteger a otras economías, de cerrar la brecha entre las naciones ricas y las pobres y de terminar con la devastadora pandemia del sida. Para que todo esto suceda, sin embargo, nuestro tipo de nacionalismo debería dejar de ser tóxico y comenzar a ser curativo.

El camino a la paz está vinculado a la segunda alternativa. Si el futuro de Estados Unidos es el de convertirse en una fortaleza aislada del resto del mundo, entonces la paz no tiene una verdadera oportunidad. Seguir en la dirección de un nacionalismo tóxico es una receta para el desastre.

Posted by tomas_a in 20:52:23 | Permalink | No Comments »

MANERAS DE VIVIR ( por Rosa Montero)


Un amigo mío muy querido, ya cincuentón, me decía el otro día que se consideraba un superviviente de sí mismo. Que a los cuarenta años ya lo había vivido todo (y la suya ha sido, además, una existencia especialmente intensa, con amores tormentosos y aventureros trabajos en el Africa negra) y que sabía que, a partir de entonces, no le quedaba sino repetirse, una tediosa ausencia de sorpresas, un acomodarse en la rutina, un lento e imparable decaer hacia la nada.

Me pareció una observación muy triste, y además inquietante, porque en ella resuena un eco cercano y reconocible. Es verdad que, a medida que vas haciéndote mayor, parece rondarte cierto debilitamiento de la vitalidad y de la curiosidad. Es verdad que, al frisar los cincuenta, el mundo amenaza con cubrirse de una pátina polvorienta que apaga su brillo. Y es verdad, sobre todo, que corres el peligro de ceder a la tentación de lo rutinario. A la derrota de no volver a arriesgarte y de no ser capaz de aprender nada más. Y así, a mucha gente cincuentona le cuesta bastante hacer nuevos amigos, intentar nuevos retos profesionales y vitales, cultivar aficiones diferentes. Tendemos a echar raíces muy leñosas, a criar alma de seta, y por lo general salimos menos, no sólo de nuestras casas, sino también de las viejas ideas y de las emociones ya conocidas.

Tal vez haya en todo esto un ingrediente puramente biológico. Desde la época de las cavernas hasta el siglo XX, la media de vida de los seres humanos ha estado en torno a los cuarenta años. Sin embargo, ahora, en el último medio siglo de bienestar y desarrollo tecnológico, la esperanza de vida en los países industriales se ha disparado y, por primera vez en la historia, duplicamos la longevidad habitual de nuestra especie. Somos una anormalidad orgánica, una excepción biológica, y tal vez aún no sepamos asumirlo. Tal vez en lo más recóndito de nuestras células no estemos programados para mantener el impulso vital durante tanto tiempo.

Pero es obvio que los seres humanos no somos sólo ciega biología. Somos también animales culturales capaces de influir en el entorno y en nosotros mismos con nuestra voluntad, nuestros conocimientos y nuestros actos.

Me parece que a veces la gente intenta escapar de esa pesadumbre de la edad utilizando los recursos más elementales. Seguramente en el tópico del cincuentón que abandona a su familia, se enamora de una veinteañera y tiene un hijo/nieto, late esa angustia ante el decaimiento de la propia existencia; y puede que detrás de las operaciones de estética más locas esté el deseo imposible de reestrenar la vida.

Personalmente, no creo que renegar de la propia edad sea el buen camino. De lo que hay que huir es de los vicios mortecinos que la edad conlleva. Y así, al igual que es bueno hacer gimnasia todos los días para mantener en forma tu cuerpo, también hay que practicar esa otra gimnasia del pensamiento, de la curiosidad y de las emociones. Hay que obligarse a probar, a salir, a mirar, a aprender, a escuchar, a sentir. El mundo está lleno de personas que han sabido vivir con intensidad y atrevimiento hasta el final. Graham Greene tenía 78 años cuando hizo un valiente libro-reportaje sobre la mafia en Niza. El gran Lampedusa escribió su primera y maravillosa novela, El Gatopardo, a los 60 años (también fue la última: el pobre no vivió para verla publicada). La británica Minna Keal, que había estudiado música de niña, pero después pasó toda su vida trabajando como secretaria, regresó al piano tras su jubilación y desarrolló una brillantísima carrera como compositora de música clásica contemporánea desde los 73 hasta los 93 años, edad a la que murió. Y permítanme el pequeño orgullo de alardear de la vitalidad de mi madre, que aprendió a nadar a los 60 años y ahora, a los 86, ha comenzado a estudiar inglés. ¿Por qué vamos a ceder a la mortecina tentación del ensimismamiento y la costumbre? Mi amigo cincuentón se equivoca cuando dice que ya no le queda nada nuevo por vivir. No creo que haya un desafío mayor, un reto más aventurero y novedoso que el de seguir estando enteramente vivo día tras día.

LOS CIEN AÑOS DEL HOMBRE QUE DERROTO AL ANGULO RECTO ( por Eric Nepomuceno)

La verdad es que no recuerdo el año, y ahora no logro saber si fue en 1984 o 1985, que conocí a Oscar Niemeyer. Sin embargo, traigo nítido el impacto de aquel encuentro. Primero, porque estaba frente al hombre que inventaba y reinventaba formas libres, en un vuelo osado que desconocía límites. Y segundo, porque me impresionó su vitalidad. Se acercaba a los ochenta años de una vida intensa y trabajaba con tenacidad juvenil y a una velocidad impresionante. El grueso plumón negro con que diseñaba -y diseña- líneas imposibles y formas sorprendentes no descansaba, desafiando toda y cualquier noción de equilibrio y mostrando que la arquitectura, como él dice, es sorpresa.

Una tenacidad muy cercana, una vitalidad parecida a la que ostenta todavía hoy, cuando cumple cien años. Sigue trabajando todos los días de la semana, de las nueve y media de la mañana a pasaditas las ocho de la noche, cuando sale a cenar, tomar vino, reunirse con amigos y fumar sus puritos holandeses. A veces me junto con él, y ese privilegio no hace más que confirmar que la vida no me debe nada: yo sí le debo a ella.

Hace poco, el presidente Lula da Silva lo fue a visitar en su estudio en Río. Vio sobre una mesa la caja de puros. “Oye, Oscar, ¿tú sigues fumando?” Y al oír la respuesta, se alegró: “¿Ven? Si él fuma y llegó a los 96, voy a seguir fumando para ver si llego a tanto…”.

Se equivocó el presidente: hace mucho que Niemeyer pasó de los 96. Y faltó recordar que no es éste el único hábito que el arquitecto de las curvas y de la libertad mantuvo intocable: sigue absolutamente leal a sus creencias, a sus amigos, mantiene una generosidad sin par, no cambió una coma en su manera de ver el mundo y la vida. Es un joven rebelde, y llegar a los cien no le quita ni un milímetro de sus principios de acero. Es dueño de una irremediable fe, profundamente humanista, en el futuro. Hace poco, alguien le preguntó por la ventaja y la desventaja de vivir tanto. No titubeó en su respuesta fulminante: “No soy pesimista, soy realista. El balance que hago de esa trayectoria es realista. No quiero hablar de la vida con el desprecio que ella se merece. No quiero recordar la miseria y la violencia, que crecen por todas partes, y ese futuro sin solución que nos quieren imponer como un destino. Prefiero pensar que algún día la vida será más justa, que los hombres ya no se mirarán buscándose defectos unos a otros, y que al contrario, habrá siempre la idea de que en todo existe un lado bueno. En ese día, uno tratará de ayudar al otro. Será cuando prevalezca la solidaridad”.

Esa preocupación con lo injusto de la vida y con la necesidad de preservar a cualquier costo la esperanza en un futuro igualitario es uno de los ejes alrededor de los cuales gira la existencia de Oscar Niemeyer. “La arquitectura no tiene ninguna importancia -dice uno de los mayores arquitectos de la historia contemporánea-. Lo importante es la vida, los amigos, la mujer amada y la necesidad de luchar para cambiar este mundo injusto.”

Dice también que la vida es un soplido: “Están los que aseguran que después de que me muera vendrán otras personas para ver mi obra. Pero esas personas igual morirán. Y vendrán otras y otras, que también morirán. La inmortalidad es una fantasía, una manera de olvidar la realidad”.

Quizá por pensar así no se haya preocupado jamás con la permanencia, en el futuro, de sus obras esparcidas por medio mundo. Prefirió seguir trabajando, creando. Cada vez que le preguntan cuál es su trabajo favorito, nombra al presente. Porque, claro, llega a los cien trabajando. Ninguna gloria lo afecta. Ganó todas las condecoraciones y todos los honores posibles, entre ellos el premio Pritzker, el Nobel de la arquitectura. Y siguió igual.

Están las obras de Brasilia, está el Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi, al otro lado de la bahía de Río, y el Memorial de América latina, en San Pablo. Su diseño único está sembrado en Francia, Italia, Venezuela, Argelia: por todas partes hay marcas de ese Oscar Niemeyer que no hizo más que inventar maravillas, liberar la levedad y las curvas, desafiar lo imposible. De ese hombre que jamás se resignó a lo existente. Que por creer en el futuro se lanzó rumbo a él, lo atrajo, lo reinventó. Ahí están sus digitales.

Y él, a su vez, estará hoy, sábado 15 de diciembre, como más le gusta: al lado de su mujer, con quien se casó hace dos años luego de enviudar, rodeado por sus amigos más cercanos, viendo el paisaje de Río y empeñado en su permanente lucha por mudar ese mundo injusto y esa vida de desigualdad.

Mientras no lo logra, crea más y más belleza

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NUESTRA AMERICA ( por José Martí)

Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo en la cabeza, sino con las armas en la almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra.

No hay proa que ataje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos. Los que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron, con el sable tinto en la sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido, del hermano castigado más allá de sus culpas, si no quieren que les llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus tierras al hermano.

Las deudas del honor no las cobra el honrado en dinero, a tanto por la bofetada. Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes.

A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni, de sorbetes. ¡Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Estos nacidos en América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan, ¡bribones!, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades! Pues, ¿quién es el hombre? ¿el que se queda con la madre, a curarle la enfermedad, o el que la pone a trabajar donde no la vean, y vive de su sustento en las tierras podridas con el gusano de corbata, maldiciendo del seno que lo cargó, paseando el letrero de traidor en la espalda de la casaca de papel? ¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a más; estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios, y va de más a menos! ¿Estos delicados, que son hombres y no quieren hacer el trabajo de hombres! Pues el Washington que les hizo esta tierra ¿se fue a vivir con los ingleses, a vivir con los ingleses en los años en que los veía venir contra su tierra propia? ¡Estos «increíbles» del honor, que lo arrastran por el suelo extranjero, como los increíbles de la Revolución francesa, danzando y relamiéndose, arrastraban las erres!

Ni ¿en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles? De factores tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y compactas. Cree el soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de Persia y derramando champaña. La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyès no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas.

El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma de gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.

Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior, mientras esta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés. Por esta conformidad con los elementos naturales desdeñados han subido los tiranos de América al poder; y han caído en cuanto les hicieron traición. Las repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.

En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con su mano, allí donde los cultos no aprendan el arte del gobierno. La masa inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la inteligencia, y quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno le lastima, se lo sacude y gobierna ella. ¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive. En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambages; porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella. Resolver el problema después de conocer sus elementos, es más fácil que resolver el problema sin conocerlos. Viene el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de los libros, porque no se administra en acuerdos con las necesidades patentes del país.

Conocer es resolver.Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.

Con los pies en el rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y criollo, venimos, denodados, al mundo de las naciones. Con el estandarte de la Virgen salimos a la conquista de la libertad. Un cura, unos cuantos tenientes y una mujer alzan en México la república, en hombros de los indios. Un canónigo español, a la sombra de su capa, instruye la libertad francesa a unos cuantos bachilleres magníficos, que ponen de jefe de Centro América contra España al general de España. Con los hábitos monárquicos, y el Sol por pecho, se echaron a levantar pueblos los venezolanos por el Norte y los argentinos por el Sur. Cuando los dos héroes chocaron, y el continente iba a temblar, uno, que no fue el menos grande, volvió riendas. Y como el heroísmo en la paz es más escaso, porque es menos glorioso que el de la guerra; como al hombre le es más fácil morir con honra que pensar con orden; como gobernar con los sentimientos exaltados y unánimes es más hacedero que dirigir, después de la pelea, los pensamientos diversos, arrogantes, exóticos o ambiciosos; como los poderes arrollados en la arremetida épica zapaban, con la cautela felina de la especie y el peso de lo real, el edificio que habían izado, en las comarcas burdas y singulares de nuestra América mestiza, en los pueblos de pierna desnuda y casaca de París, la bandera de los pueblos nutridos de savia gobernante en la práctica continua de la razón y de la libertad; como la constitución jerárquica de las colonias resistía la organización democrática de la República, o las capitales de corbatín dejaban en el zaguán al campo de bota y potro, o los redentores bibliógenos no entendieron que la revolución que triunfó con el alma de la tierra había de gobernar, y no contra ella ni sin ella, entró a padecer América, y padece, de la fatiga de acomodación entre los elementos discordantes y hostiles que heredó de un colonizador despótico y avieso, y las ideas y formas importadas que han venido retardando, por su falta de realidad local, el gobierno lógico. El continente descoyuntado durante tres siglos por un mando que negaba el derecho del hombre al ejercicio de su razón, entró, desatendiendo o desoyendo a los ignorantes que lo habían ayudado a redimirse, en un gobierno que tenía por base la razón; la razón de todos en las cosas de todos, y no la razón universitaria de unos sobre la razón campestre de otros. El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu.

Con los oprimidos había que hacer una causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores. El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima. La colonia continuó viviendo en la república; y nuestra América se está salvando de sus grandes yerros -de la soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen-, por la virtud superior, abonada con sangre necesaria, de la república que lucha contra la colonia. El tigre espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá, con las zarpas al aire, echando llamas por los ojos.

Pero «estos países se salvarán», como anunció Rivadavia el argentino, el que pecó de finura en tiempos crudos; al machete no le va vaina de seda, ni el país que se ganó con lanzón se puede echar el lanzón atrás, porque se enoja y se pone en la puerta del Congreso de Iturbide «a que le hagan emperador al rubio». Estos países se salvarán porque, con el genio de la moderación que parece imperar, por la armonía serena de la Naturaleza, en el continente de la luz, y por el influjo de la lectura crítica que ha sucedido en Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que se empapó la generación anterior, le está naciendo a América, en estos tiempos reales, el hombre real.

Éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar a sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y desconocido, entre la olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura. Éramos charreteras y togas, en países que venían al mundo con la alpargata en los pies y la vincha en la cabeza. El genio hubiera estado en hermanar, con la caridad del corazón y con el atrevimiento de los fundadores, la vincha y la toga; en desestancar al indio; en ir haciendo lado al negro suficiente; en ajustar la libertad al cuerpo de los que se alzaron y vencieron por ella. Nos quedó el oidor, y el general, y el letrado, y el prebendado. La juventud angélica, como de los brazos de un pulpo, echaba al Cielo, para caer con gloria estéril, la cabeza, coronada de nubes. El pueblo natural, con el empuje del instinto, arrollaba, ciego de triunfo, los bastones de oro. Ni el libro europeo, ni el libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano. Se probó el odio, y los países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil de la resistencia del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación natural, tempestuosa e inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor.

Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. «¿Cómo somos?» se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar un problema, no van a buscar la solución a Dantzig. Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura del sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república.

El tigre de adentro se echa por al hendija, y el tigre de afuera. El general sujeta en la marcha la caballería al paso de los infantes. O si deja a la zaga a los infantes, le envuelve el enemigo la caballería. Estrategia es política. Los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos en los brazos! ¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo y rebotando, por las venas, la sangre natural del país! En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar, pero no para copiar. Los economistas estudian la dificultad en sus orígenes. Los oradores empiezan a ser sobrios. Los dramaturgos traen los caracteres nativos a la escena. Las academias discuten temas viables. La poesía se corta la melena zorrillesca y cuelga del árbol glorioso el chaleco colorado. La prosa, centelleante y cernida, va cargada de idea. Los gobernadores, en las repúblicas de indios, aprenden indio.

De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento y de cochero a una pompa de jabón; el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas.

Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con la escopeta y la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles; como la hora del desenfreno y la ambición, de que acaso se libre, por el predominio de lo más puro de su sangre, la América del Norte, o en que pudieran lanzarla sus masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista y el interés de un caudillo hábil, no está tan cercana aún a los ojos del más espantadizo, que no dé tiempo a la prueba de altivez, continua y discreta, con que se la pudiera encara y desviarla; como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa o la discordia parricida de nuestra América, el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.

No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas. Pero en el amasijo de los pueblos se condensan, en la cercanía de otros pueblos diversos, caracteres peculiares y activos, de ideas y de hábitos, de ensanche y adquisición, de vanidad y de avaricia, que del estado latente de preocupaciones nacionales pudieran, en un período de desorden interno o de precipitación del carácter acumulado del país, trocarse en amenaza grave para las tierras vecinas, aisladas y débiles, que el país fuerte declara perecederas e inferiores. Pensar es servir. Ni ha de suponerse, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente, porque no habla nuestro idioma, ni ve la casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en sus lacras políticas, que son diferentes de las nuestras; ni tiene en mucho a los hombres biliosos y trigueños, ni mira caritativo, desde su eminencia aún mal segura, a los que, con menos favor de la Historia, suben a tramos heroicos la vía de las repúblicas; ni se han de esconder los datos patentes del problema que puede resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio oportuno y la unión tácita y urgente del alma continental. ¡Porque ya suena el himno unánime; la generación actual lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!

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¿ QUE COMPRARIA JESUS? ( por Amy Goodman)

Viernes Negro”, Black Friday, es el nombre que los vendedores minoristas han puesto al día siguiente al Día de Acción de Gracias en su intento de hacer que Navidad sea sinónimo de ir de compras.

El Viernes Negro se espera que los estadounidenses acudan en manada a los centros comerciales, ansiosos de los descuentos, armados con sus tarjetas de crédito. Los analistas empresariales llenan el espacio radial con predicciones sobre cómo se comportará el caprichoso comprador, y sobre en qué medida el precio de la gasolina y la crisis de las hipotecas de alto riesgo afectarán las compras en estas fiestas.

Al Viernes Negro le sigue el “Cyber-Lunes”, Cyber Monday, un nombre acuñado por la industria minorista para dar bombo a las compras por internet. Escuchando los informativos de negocios, uno podría concluir que no sólo el futuro de la economía de EE.UU., sino el de la propia humanidad, depende de las masivas y frenéticas compras de las fiestas navideñas.

El Reverendo Billy es el predicador callejero interpretado por Bill Talen, un activista anti-consumismo de Nueva York que es el protagonista del nuevo largometraje documental que llega a los cines esta semana: What Would Jesus Buy? (¿Qué compraría Jesús?). El film ha sido producido por Morgan Spurlock, que alcanzó la fama con su documental “Super Size Me”, en el que mostraba su declive físico y mental durante un mes en el que comía únicamente comida de McDonald’s para desayunar, almorzar y cenar.

En la película, Talen y su sorprendente Coro de Góspel Stop Shopping (Basta ya de comprar) recorre el país en dos autobuses que funcionan con biodiésel, celebrando falsos conciertos públicos de góspel que denuncian el “Comprapocalipsis” -“Shopocalypse” -, nuestra flagrante cultura consumista impulsada por el crédito y las empresas, y su dependencia de trabajos en condiciones de explotación en otros países y de trabajos mal pagos en Estados Unidos; mientras tanto, destaca la importancia de las economías locales, de ciudades pequeñas y pueblos, la fuerza y el valor que supone el comprar artículos de comercio justo, y la importancia de ser feliz con menos.

“Estamos hoy aquí, a 28 días de Navidad”, entona el Reverendo Billy al comienzo de su gira, dirigiéndose a su congregación del Greenwich Village, y continúa: “tras filas y filas de carteles publicitarios, con supermodelos mirándonos desde lo alto vestidas con su lencería navideña, carteles con imágenes de café con leche y esencia de jengibre que fingen el espíritu navideño de Charles Dickens…vamos a recorrer este país adicto a las compras”. Después añadiría: “Nos sentaremos y derrotaremos los bulbosos pies amarillos del logotipo comercial más famoso del mundo, el que ha decidido robar la imaginación de nuestros niños y niñas durante 80 años, el demonio, Mickey Mouse”.

En su camino de Nueva York a Disneylandia, el reverendo y su rebaño se detienen en el centro comercial Mall of America, en Minnesota, en la sede central de Wal-Mart en Bentonville, Arkansas, y en numerosas cafeterías Starbucks y grandes comercios como Target y Staples, educando e invitando a participar, confrontando y confundiendo, con su creativo teatro callejero y acción directa. En Traer, Iowa, conocemos a Michael Reuman, cuya tienda de ropa permanece abierta desde hace más de 100 años: “Wal-Mart está matando a las pequeñas ciudades de Estados Unidos. Tenemos dos hijos y no he alentado a ninguno de ellos a que se dediquen a la tienda. No hay futuro aquí”.

Esta semana, Charles Kernaghan, del Comité Nacional del Trabajo (NLC, por sus siglas en inglés), hizo público frente a la Catedral de San Patricio en Nueva York un sorprendente informe sobre las condiciones de explotación laboral en las que se fabrican crucifijos en China.

San Patricio, la Iglesia de la Trinidad de Nueva York y la Asociación de Minoristas Cristianos venden crucifijos cuyo origen se ha rastreado hasta la fábrica Junxingye de Dongguan, China. Allí, chicas de 15 años en adelante trabajan siete días a la semana, 14 horas al día, y solamente ganan 9 centavos de dólar por hora, una vez que su alojamiento y comida han sido deducidos de su paga. Hay que preguntar en serio, qué compraría Jesús.

El Viernes Negro también es el “Buy Nothing Day” o “Día sin compras”, un día de boicot global al comercio y al consumismo. Propuesto por Kalle Lasn y sus colegas de la revista de Vancouver “Adbusters”, el Día Sin Compras intenta situar en un contexto global el frenesí consumista alimentado por los anuncios y apoyado por los medios informativos. Kalle afirma: “Conducir coches híbridos y reducir las emisiones contaminantes de la industria es genial, pero es como ponerle una simple curita a la herida si no atacamos el problema central: tenemos que consumir menos”.

El movimiento del comercio justo está creciendo, se centra en productos seguros y orgánicos producidos de forma local, por personas que reciben no solo un salario mínimo legal, sino un salario digno. Se están formando redes de negocios sustentables y organizaciones sin fines de lucro que vinculan directamente a los productores con los consumidores, eliminando a las grandes corporaciones y a los intermediarios y permitiendo así que las personas que fabrican los artículos obtengan una mayor parte del precio final de venta.

Desde ropa hasta chocolate y flores, de alimentos a combustible, se está haciendo cada vez más fácil comprar de forma ética. Heifer International tiene una selección de animales de granja que se pueden “apadrinar”, y que la organización enviará a una familia pobre necesitada de cualquier parte del mundo.

En estas fiestas, invierte tu tiempo en estar con tu familia y tus amigos; es algo más valioso que el dinero. Compra en comercios locales, o busca una tienda o sitio web de comercio justo. Antes de entrar en ese enorme centro comercial, pregúntate a ti mismo: “¿Qué compraría Jesús?”

LA IMPORTANCIA DE LOS NO IMPORTANTES ( por Frei Betto)

En tiempos prenavideños, en los que los autores plagian a Voltaire y pregonan que Dios no pasa de ser un delirio de nuestras mentes, merece la pena recordar lo que dijo Dostoievski en el siglo 19: “Aunque me probaran que Jesús no estaba en la verdad, yo me quedaría con Jesús”.

Jesús tuvo muy poca importancia en su época, excepto para el grupo de sus discípulos. Fue un hombre desprovisto de valor agregado. Le agregan valor a una persona la función que ocupa (véase a los políticos), los bienes que tiene (véase a los ricos), los títulos que ostenta (véase a los nobles y a los académicos), su lugar de origen (nacer en París o en Nueva York es, según algunos, mejor que nacer en Santana do Capim Seco).

En tiempos pasados el lugar de origen hacía las veces de apellido. Los evangelios se refieren a Jesús de Nazaret. ¿Qué importancia tenía Nazaret, pueblo al sur de Galilea? Era una pequeña aldea campesina de entre 200 y 400 habitantes, donde se cultivaban olivos, viñas y granos, como trigo y cebada. Sus casas eran de piedras rústicas amontonadas unas sobre otras, revestidas de barro o arcilla, o incluso de estiércol mezclado con paja para favorecer el aislamiento térmico.

La existencia de Nazaret nunca fue mencionada por los rabinos judíos en la Mixná o en el Talmud, aunque en ellos se citen otros 63 pueblos de Galilea. El historiador judío Flavio Josefo, del siglo 1º, cita 45 localidades de Galilea y no aparece Nazaret. Así como tampoco figura en todo el Antiguo Testamento. El catálogo bíblico de las tribus de Zabulón enumera 15 localidades de la Baja Galilea, próxima a Nazaret, pero ésta no es citada (Josué 19,10-15).

Nazaret era un lugar tan insignificante que Natanael, invitado a hacerse discípulo “de aquel del que escribieron Moisés, en la Ley, y los profetas: Jesús, el hijo de José, de Nazaret”, pregunta con ironía: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” (Juan 1,45-46).

Nazaret dista un poco menos de 17 kilómetros de Séforis, que fue capital de Galilea antes de que Herodes Antipas construyera su Brasilia de la época en homenaje al emperador Tiberio César: Tiberíades, en la orilla del lago de Galilea. Es probable que José y su hijo Jesús hayan trabajado en las construcciones de Séforis y Tiberíades. Es curioso constatar que Jesús nunca se quedó en esta última ciudad, a pesar de que se le vio con frecuencia en otras localidades de la orilla del lago, como Cafarnaum. Quizás la ostentación de la capital de Galilea le causara repulsa.

La misma familia de Jesús no lo miraba con buenos ojos, como sucede con relación a los hijos que se evaden de las previsiones paternas. Según Marcos (3,19-21), cuando Jesús regresó a casa “se apiñó la multitud, hasta el punto de que no podían ni comer”. Y cuando los suyos se dieron cuenta de eso salieron para llevárselo porque decían que había ‘enloquecido’. Para la cultura de la época, enfermedad y posesión del demonio eran casi sinónimos.

Y prosigue Marcos, el primer evangelista: “Entonces llegaron la madre y sus hermanos y, quedándose fuera, mandaron a llamarlo. Había una multitud sentada a su alrededor. Le dijeron: ‘Tu madre y tus hermanos y hermanas están fuera y te buscan’. Él preguntó: ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ Y recorriendo con la vista a los que estaban sentados a su alrededor dijo: ‘Quien hace la voluntad de Dios ése es mi hermano, mi hermana y mi madre’” (3,31-35).

El intento de difamar a Jesús es permanente. A fines del siglo 2º Celso, filósofo griego, escribió contra el cristianismo en defensa del paganismo: “Imaginemos lo que algún judío -sobre todo si es filósofo- podría preguntarle a Jesús: “¿No es cierto, buen señor, que usted inventó la historia de su nacimiento de una virgen para acallar los rumores acerca de las verdaderas y desagradables circunstancias de su origen? ¿No es cierto que, lejos de haber nacido en Belén, ciudad real de David, usted nació en un lugarejo pobre de una mujer que se ganaba la vida en un telar? ¿No es cierto que cuando su mentira fue descubierta, conociéndose que fue preñada por un soldado romano llamado Pantera, su marido, un carpintero, la abandonó bajo la acusación de adulterio? ¿No es cierto que, a causa de eso, en su desgracia anduvo errante lejos de su hogar y dio a luz un niño en silencio y en humillación? ¿Qué más? ¿No es cierto también que usted fue a Egipto a trabajar, aprendió hechicería y se hizo conocido por ello, hasta el punto de que ahora se exhibe entre sus paisanos?”

Vamos a entrar en el Adviento. ¿A quién esperamos? ¿A un joven ‘loco’ oriundo de una localidad insignificante o a Dios Salvador? La respuesta es sencilla; basta con mirar alrededor y preguntarnos qué importancia le damos a los actuales ‘nazarenos’: los sin tierra y los sin techo, los oprimidos y encarcelados, los funcionarios subalternos y las personas sin valor agregado. Según Mateo 25,31-46, en ellos es donde Jesús quiere ser reconocido, servido y amado. Es a través de ellos como el Dios Salvador entra en nuestras vidas.

Posted by tomas_a in 20:48:42 | Permalink | No Comments »

INGRID BETANCOURT: AQUI VIVIMOS MUERTOS


Este es un momento muy duro para mí. Piden pruebas de supervivencia a quemarropa y aquí estoy escribiéndote mi alma tendida sobre este papel. Estoy mal físicamente. No he vuelto a comer, el apetito se me bloqueó, el pelo se me cae en grandes cantidades.

No tengo ganas de nada. Creo que eso es lo único que está bien, no tengo ganas de nada porque aquí en esta selva la única respuesta a todo es ‘no’. Es mejor, entonces, no querer nada para quedar libre al menos de deseos. Hace 3 años estoy pidiendo un diccionario enciclopédico para leer algo, aprender algo, mantener la curiosidad intelectual viva. Sigo esperando que al menos por compasión me faciliten uno, pero es mejor no pensar en eso.

De ahí para adelante, cualquier cosa es un milagro, hasta oírte por las mañanas porque el radio que tengo es muy viejo y dañado.

Quiero pedirte mamita linda que le digas a los niños que quiero que me manden tres mensajes semanales (…) Nada trascendental, sino lo que puedan y se les ocurra escribir de afán (…) No necesito nada más, pero necesito estar en contacto con ellos. Es la única información vital, trascendental, imprescindible, lo demás ya no me importa (…).

Como te decía, la vida aquí no es vida, es un desperdicio lúgubre de tiempo. Vivo o sobrevivo en una hamaca tendida entre dos palos, cubierta con un mosquitero y con una carpa encima, que oficia de techo, con lo cual puedo pensar que tengo una casa.
Tengo una repisa donde pongo mi equipo, es decir, el morral con la ropa y la Biblia que es mi único lujo. Todo listo para salir corriendo. Aquí nada es propio, nada dura, la incertidumbre y la precariedad son la única constante. En cualquier momento dan la orden de empacar y duerme uno en cualquier hueco, tendido en cualquier sitio, como cualquier animal (…) Me sudan las manos y se me nubla la mente y termino haciendo las cosas dos veces más despacio que lo normal. Las marchas son un calvario porque mi equipo es muy pesado y no puedo con él (…) Pero todo es estresante, se pierden mis cosas o me las quitan, como el bluyin que Mela (Mélani) me había regalado en Navidad, con el que me cogieron. Lo único que he podido salvar es la chaqueta, ha sido una bendición, porque las noches son heladas y no he tenido más que echarme encima.

Antes disfrutaba cada baño en el río. Como soy la única mujer del grupo, me toca prácticamente vestida: shorts, brasier, camiseta, botas. Antes me gustaba nadar en el río hoy ni siquiera tengo alientos para eso. Estoy débil, friolenta, parezco un gato acercándose al agua. Yo que tanto he adorado el agua, ni me reconozco. (…) Pero desde que separaron los grupos no he tenido ni el interés ni la energía para hacer nada. Hago algo de estiramiento porque el estrés me bloquea el cuello y duele mucho.

Con los ejercicios de estiramiento, el split y demás logro aliviar un poco la tensión en el cuello. (…) Yo trato de guardar silencio, hablo lo menos posible para evitar problemas. La presencia de una mujer en medio de tantos prisioneros que llevan 8 y 10 años cautivos es un problema (…) En las requisas le quitan a uno lo que uno más quiere. Una carta que me llegó tuya me la quitaron después de la última prueba de supervivencia en el 2003. Los dibujos de Natasha y Stanis, las fotos de Mela y Loli, el escapulario de mi papá, un programa de gobierno con 190 puntos, todo me lo quitaron. Cada día me queda menos de mí misma. Algunos detalles ya Pinchao te los contó. Todo es duro.

Es importante que le dedique estas líneas a aquellos seres que son mi oxígeno, mi vida. A quienes me mantienen con la cabeza fuera del agua, no me dejan ahogarme en el olvido, la nada y la desesperanza. Ellos son tu, mis hijos, Astrica y mis chiquitines, Fab, tía Nancy y Juangui.

Todos los días estoy en comunicación con Dios, Jesús y la Virgen (…) Aquí todo tienen dos caras, la alegría viene y luego el dolor.
La felicidad es triste. El amor alivia y abre heridas nuevas… es vivir y morir de nuevo. Durante años no pude pensar en los niños y el dolor de la muerte de mi papá copaba toda la capacidad de aguante. Llorando pensaba en ellos, sentía que me asfixiaba, que no podía respirar. Entre mí me decía: “Fab está ahí, él cuida de todo, no hay que pensarlo ni hay que pensar”. Casi me enloquezco con la muerte de mi papá. Nunca supe cómo fue, quiénes estaban, si me dejó un mensaje, una carta, una bendición. Pero lo que ha aliviado mi tormenta es pensar que se fue confiando en Dios y que allá volveré a abrazarlo. De eso estoy segura. Sentirte fuerte ha sido mi fuerza. Yo no vi mensajes sino hasta que me unieron con Lucho, Luis Eladio Pérez, el 22 de agosto del 2003. Fuimos amigos entrañables, nos separamos en agosto. Pero durante ese tiempo él fue mi apoyo, mi escudero, mi hermano (…).

Tengo en mi memoria cada una de las edades (de mis hijos). En cada cumpleaños les canto el Happy Birthday. Solicito que me permitan hacer una torta. Pero desde hace tres años siempre que pido, la respuesta es no. Igual, si traen una galleta o una sopa cualquiera de arroz y fríjol, que es lo usual, con eso hago de cuenta que es una torta y les celebro en mi corazón su cumpleaños.

A mi Melelinga (Melanie); mi sol de primavera, mi princesa de la constelación del cisne, a ella que tanto adoro, quiero decirte que soy la mamá más orgullosa de esta tierra (…) Y si tuviera que morir hoy, me iría satisfecha con la vida dándole gracias a Dios por mis hijos. Estoy feliz con su master en N.Y. Eso es exactamente lo que yo le hubiera aconsejado (…) Pero ojo, es muy importante que haga su DOCTORADO. En el mundo de hoy, hasta para respirar se necesitan credenciales (…) No me voy a cansar en insitirle a Loli (Lorenzo) y Mela que no claudiquen hasta obtener su PhD. Quisiera que Mela me lo prometiera (…).

(Le da muchos consejos a Melanie y concluye) Siempre te he dicho que eres lo mejor, mucho mejor que yo, algo así como la mejor versión de lo que yo quisiera ser. Por eso, con la experiencia que he acumulado en mi vida y en la perspectiva que da del mundo mirarlo desde la distancia, te pido mi vida que te prepares para llegar a la cumbre.

A mi Lorenzo, mi Loli Pop, mi ángel de luz, mi rey de aguas azules, mi chief musician que me canta, y me encata, al dueño de mi corazón, quiero decirle que desde el día en que nació hasta hoy ha sido mi manantial de alegrías. Todo lo que viene de él es bálsamo para mi alma, todo me reconforta, todo me apacigua, todo me da placer y placidez (Asimismo le dedica varios párrafos a su hijo Lorenzo). Al fin pude oírle la voz, un par de veces este año. Me dio temblor de la emoción. Es mi Loli, la voz de mi niño, pero ya hay otro hombre encima de la voz de niño. Una ronquera de hombre-hombre, como la de mi papá. (…) El otro día recorté una foto en la prensa, que llegó de casualidad. Es una propaganda de un perfume de Carolina Herrera ‘212 Sexy men’. Sale un muchacho joven y pensé: así debe estar mi Lorenzo. Y la guardé
(…) Tienen la vida pendiente, busquen llegar a lo más alto, estudiar es crecer, no solo por lo que se aprende intelectualmente, sino por la experiencia humana, la gente alrededor de uno que lo alimenta emocionalmente para tener cada día mayor control sobre uno mismo, y espiritualmente, para moldear un mayor carácter de servicio a los demás, donde el ego se reduzca a su más mínima expresión y se crezca en humildad y fuerza moral. Una va con otra. Eso es vivir, crecer para servir (…).

A mi Sebastián adorado, mi pequeño príncipe de viajes astrales y ancestrales. ¡Tanto que quiero decirle! Primero, que no quiero irme de este mundo sin que él tenga el conocimiento, la certeza y la confirmación de que no son 2, sino 3 mis hijos del alma (…) Pero con él tendré que desenredar años de silencios que me pesan demasiado desde el cautiverio. Decidí que mi color favorito es el azul de sus ojos (…). Por si acaso no llego a salir de aquí, te lo escribo para que lo guardes en tu alma, mi Babon adorado, y para que entiendas, lo que yo entendí cuando tus hermanos nacieron, y es que siempre te he querido como al hijo que eres y que Dios me dio. Los demás son formalidades.

(Luego le dedica otros párrafos a Fabrice Delloye, el padre de sus hijos) Yo sé que Fab ha sufrido mucho por mí. Pero que su sufrimiento tenga alivio en saber que él ha sido fuente de paz para mí. (…) Dile a Fab que en él me recuesto, sobre sus hombros lloro, en el me apoyo para seguir sonriendo de tristeza, su amor me hace fuerte. Porque está él al frente de las necesidades de mis hijos, puedo terminar de respirar sin que me duela tanto la vida. (…)

A mi Astrica, tantas cosas que no sé por donde empezar. De pronto decirle que su “hojita de vida” me salvó durante el primer año de secuestro, durante el año de duelo de mi papá. (…)
Necesito hablar con ella de todos estos momentos, y abrazarla y llorar hasta que se me agote el pozo de lágrimas que tengo en el cuerpo. En todo lo que hago durante el día está ella como referencia. Siempre pienso, “Esto lo hacía con Astrid cuando éramos chiquitas”, o “esto lo hacía Astrid mejor que yo” (…) La he oído varias veces por radio. Siento mucha admiración por su impecable expresión, por la calidad de su reflexión, por el dominio de sus emociones, por la elegancia de sus sentimientos. La oigo y pienso: “Yo quiero ser así” (…). Me imagino cómo gozan con Anastasia y Stanis (sobrinos de Ingrid). Como me ha dolido que me quitaran sus dibujos. El poema de Anastasia decía, “por un golpe de suerte, por un golpe de magia o un golpe de Dios, en tres años o 3 días estarás de vuelta con nosotros”. Y el dibujo de Stanis era un rescate con helicóptero, yo dormida en una caleta igualita a las de aquí, y él era mi salvador. (Luego agradece a otros familiares).

Mamita, son tantas las personas a las cuales quiero darles las gracias por acordarse de nosotros, por no habernos abandonado. Durante mucho tiempo hemos sido como los leprosos que afean el baile, los secuestrados no somos un tema “políticamente correcto”, suena mejor decir que hay que ser fuertes frente a la guerrilla aún sin sacrificar algunas vidas humanas. Ante eso, el silencio. Solo el tiempo puede abrir las conciencias y elevar los espíritus. Pienso en la grandeza de los Estados Unidos, por ejemplo. Esa grandeza no es el fruto de la riqueza en tierras, materias primas, etc, sino el fruto de la grandeza de alma de los líderes que moldearon la Nación. Cuando Lincoln defendió el derecho a la vida y a la libertad de los esclavos negros de América, también se enfrento con muchos Floridas y Praderas.
Muchos intereses económicos y políticos que consideraban que eran superiores a la vida y a la libertad de un puñado de negros. Pero Lincoln ganó, y quedó impreso en el colectivo de esa nación la prioridad de la vida del ser humano sobre cualquier otro interés.
En Colombia todavía tenemos que pensar de dónde venimos, quiénes somos y a dónde queremos ir. Yo aspiro a que algún día tengamos esa sed de grandeza que hace surgir a los pueblos de la nada hacia el sol. Cuando seamos incondicionales ante la defensa de la vida y de la libertad de los nuestros, es decir, cuando seamos menos individualistas y más solidarios, menos indiferentes y más comprometidos, menos intolerantes y más compasivos. Entonces ese día seremos la nación grande que todos quisiéramos que fuéramos. Esa grandeza está ahí dormidita en los corazones. Pero los corazones se han endurecido y pesan tanto que no permiten sentimientos elevados. Pero hay mucha gente que yo quisiera agradecer porque están contribuyendo a despertar los espíritus y a engrandecer a Colombia. No puedo mencionarlos a todos pero sí a algunos (menciona al ex presidente López “y en general a los ex presidentes liberales”, a Hernán Echavarría, a los familiares de los diputados, a Monseñor Castro y al Padre Echeverri).

Mamita, ay vinieron por las cartas. No voy a alcanzar a escribir todo lo que quisiera. A Piedad y a Chávez todo, todo mi afecto y mi admiración. Nuestras vidas están ahí, en el corazón de ellos, que sé que es grande y valeroso. (les dedica de a párrafo de agradecimiento a Chávez, a Álvaro Leyva, a Lucho Garzón y a Gustavo Petro, y luego menciona a periodistas).

Mi corazón también le pertenece a Francia (…) Cuando la noche era la más oscura, Francia fue el faro. Cuando era mal visto pedir nuestra libertad. Francia no se calló. Cuando acusaron a nuestras familias de hacer daño a Colombia, Francia les dio apoyo y consuelo.

No podría creer que es posible algún día libre de aquí, si no conociera la historia de Francia y de su pueblo. Le he pedido a Dios que me cubra de la misma fuerza con la que Francia ha sabido soportar la adversidad para sentirme más digna de ser contada entre sus hijos. Quiero a Francia con el alma, las voces de mi ser buscan nutrirse de los componentes de su carácter nacional, siempre buscando guiarse por principios y no por intereses. Quiero a Francia con mi corazón, porque admiro la capacidad de movilización de un pueblo que como Camus entiende que vivir es comprometerse. (…) Todos estos años han sido terribles, pero no creo que podría seguir aún viva sin el compromiso que nos brindaron a todos los que aquí vivimos muertos.

(…) Sé que lo que estamos viviendo está lleno de incognitas, pero la historia tiene su propios tiempos de maduración, y el presidente Sarkozy está parado en el meridiano de la historia. Con el presidente Chávez, el presidente Bush y la solidaridad de todo el continente podríamos presenciar un milagro.

Durante muchos años he pensado que mientras esté viva, mientras siga respirando, tengo que seguir albergando la esperanza. Ya no tengo las mismas fuerzas, ya me cuesta mucho trabajo seguir creyendo, pero quería que sientan que lo que han hecho por nosotros marca la diferencia. Nos hemos sentido seres humanos (…). Mamita tendría más cosas para decirte. Explicarte que hace tiempo no tengo noticias de Clara y de su bebé (…). Bueno, mamita, Dios nos ayude, nos guíe, nos dé paciencia y nos cubra. Por siempre y para siempre.

Ingrid Betancourt

DESMOND TUTU: LA HOMOFOBIA ES UNA FORMA DE APARTHEID, por Ana Carbajosa

La cita es en la habitación 239 de un hotel de Bruselas. Por la puerta de ese cuarto apareció ayer a las diez de la mañana un hombre bajito, muy vivo y con una sonrisa que le cruzaba la cara. Allí estaba Desmond Tutu, el fiero combatiente del apartheid surafricano, el arzobispo anglicano sin pelos en la lengua.


El arzobispo surafricano lucha ahora contra otros tipos de ‘apartheid’

-¿Cómo está?

-Un día más viejo que ayer -y Tutu estalla en una carcajada, divertido ante su propia ocurrencia.

-¿Qué le preocupa ahora?

Tutu corta la conversación en seco. “Primero recemos, luego hablamos”. Sentado en la butaca, une sus manos anilladas, baja la cabeza y recita la oración en voz alta. “Amén. Ahora sí podemos hablar”.

Al que fuera premio Nobel de la Paz en 1984 le preocupa la pobreza y la desigualdad, pero además le irritan las iglesias actuales, las que condenan a los homosexuales, las que no dejan que se ordenen las mujeres y las que no se ocupan de los perseguidos. “¿Qué diablos pasa con las iglesias? ¿Cómo es posible luchar contra el racismo y no contra la homofobia? La orientación sexual no se elige. La homofobia es también una forma de apartheid. Los negros no elegimos ser negros; los homosexuales, tampoco”. Tutu, con chaqueta de lana abotonada y pantalón de pinzas, gesticula cuando habla, mira con los ojos muy abiertos y no para quieto en la silla. Tiene 76 años y un torrente de energía que delatan sus gestos.

“Yo me imagino a Dios llorando al ver que su Iglesia se permite perder el tiempo condenando a los gays y las lesbianas, mientras medio mundo pasa hambre y el sida arrasa”. Tutu, casado y con cuatro hijos, es de los que piensa que los curas no pueden dejar de ocuparse de la política, de los problemas sociales, “de las cosas que importan”.

Desmond Tutu aterrizó en Bruselas el lunes procedente de Estados Unidos. Ayer dio una conferencia en la capital belga y hoy volará hasta Londres para recoger un par de galardones antes de volver a casa, en Suráfrica. Ésta es la vida del líder moral -junto con Nelson Mandela- de la Suráfrica actual. Un sinfín de reconocimientos que compagina con la actividad política y religiosa.

Tutu cohabita con Mandela, Jimmy Carter y Kofi Annan en The Global Elders, un grupo de sabios mayores que tratan de contribuir a la resolución de los grandes conflictos. El año pasado, la ONU le nombró para dirigir una misión que esclareciera lo sucedido en Beit Hanún (Gaza) durante una incursión militar en la que murieron 19 civiles palestinos. La misión tropezó con la negativa del Gobierno israelí, pero el boicoteo no ha impedido que el arzobispo anglicano intensifique sus ataques verbales contra las acciones del Estado ocupante. “Yo les digo a los judíos: sed fieles a vuestro legado, al Dios del éxodo”, y se adentra el arzobispo en pasajes bíblicos que representa cambiando de voz, interpretando a unos y otros. Deja de lado la Biblia y las parábolas y vuelve a lo terrenal: “Les digo: recordad lo que pasó en Alemania. Comportaos. La situación en Israelí es inaceptable, injusta. Han construido un muro que confisca grandes extensiones de tierras palestinas, los niños tardan horas en ir al colegio. En Suráfrica hemos aprendido que si apoyas un sistema injusto, el alma se resiente”. Es su sentencia final. Tutu, que no ha querido comer ni beber en el encuentro, se despide como llegó, con una gran sonrisa.

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BASTA DE REALIDADES, QUEREMOS UTOPIAS ( por Guillermo Sullings)

Hace poco más de un mes, en ocasión del aniversario de los bombardeos a Hiroshima y Nagasaki, en un acto organizado por nuestra Fundación “Mundo sin Guerras”, comentábamos entre otras cosas, la influencia que tenían los medios de difusión masiva, en particular el cine y la TV, a la hora de condicionar a la opinión pública, respecto a quienes son los “malos” y quienes son los “buenos”. Y este condicionamiento, como efecto de esa propaganda, genera violencia, discriminación y también insensibiliza a la gente respecto de las masacres cuyas víctimas pertenezcan al bando de los “malos”. Decíamos que por efecto de esa propaganda, la opinión pública mayoritaria recordaba tales bombardeos, no como el genocidio que significaron, sino como acciones militares “necesarias para terminar con el conflicto”.

Estos “señores malos”, contra los cuales pareciera justificarse todo tipo de violencia y genocidios, a veces fueron japoneses y alemanes, otras veces soviéticos y vietnamitas, y más recientemente musulmanes. Por acción de este formidable aparato propagandístico-cultural, mucha gente “digiere aceptablemente” las masacres llevadas adelante por los ejércitos invasores, por ser “acciones bélicas legales” de ejércitos regulares; y por el contrario, rechaza las acciones del “bando malo” por su manifiesta crueldad y cobardía terrorista.

Pero no son solamente las guerras, los hechos de violencia bendecidos por la cultura mediática. El incentivo al consumismo irracional, la competencia feroz, el individualismo, la sociedad de ganadores y perdedores, y a todos los valores funcionales al desarrollo del sistema imperante, también tienen su correlato de violencia de todo tipo, a través del resentimiento social, la fragmentación, la marginación y la discriminación. Cabe preguntarse entonces, como es posible que un sistema de propaganda tan burdo y grotesco, siga surtiendo efecto sobre la subjetividad de las personas, habida cuenta de sus nocivos efectos.

Evidentemente, hay una predisposición cultural a aceptar pasivamente tal influencia, sin la menor crítica o auto-crítica. Y en ese sentido está claro, que el nivel cultural (y no estamos hablando de nivel educativo), es de una gran pobreza; basta observar cuales son los programas televisivos de mayor raiting en nuestro país, para darse una idea. Y uno podría responsabilizar de ello a quienes producen esos programas, que en definitiva son empresarios que ganan dinero con lo que la gente consume. Porque siendo sinceros, hay mucha gente que aún teniendo otras opciones, elige permanentemente lo burdo, en una suerte de “abandono cultural”.

Sin embargo, este fenómeno no es nuevo; siempre ha habido “pan y circo” para distraer a la gente. Pero en otras épocas, además del circo, también había sectores de la población que tenían otras inquietudes, y poco a poco se constituían en vanguardia, contagiaban sus aspiraciones de una sociedad mejor a muchos otros, y se ponía en marcha una dinámica que terminaba haciendo avanzar a las sociedades. No importa si algunas veces esas vanguardias eran los intelectuales, o eran los jóvenes, o los trabajadores, o los artistas; lo claro es que tales vanguardias dinamizaban la evolución social.

La pregunta sería entonces ¿dónde están hoy esas vanguardias?, y si las hay ¿dónde está su capacidad de contagiar a otros, para llegar a una masa crítica que genere cambios culturales?

En la década del 60, hubo una gran dinámica social merced a la acción de estas vanguardias. Hubo en el mundo un mayo francés y en Argentina un Cordobazo, donde estudiantes y trabajadores produjeron grandes movilizaciones en busca de cambios profundos. No eran solamente reclamos puntuales, se proclamaba “la imaginación al poder”. Por su parte el Movimiento Hippie, se rebelaba contra la sociedad burguesa y sobre todo contra la guerra y la violencia.

La utopía del Flower Power, la búsqueda de la sociedad del amor y la paz, también produjo mucha movilidad entre los jóvenes. También hubo mucha dinámica en lo político, y aunque muchos hayan creído equivocadamente que utilizando las armas se podría resolver la violencia en el mundo, en el fondo se aspiraba a un cambio total. Desde luego que hubo liderazgos, en lo político, en lo estudiantil, en lo filosófico, en el arte y en la música. Pero esos liderazgos pudieron manifestarse porque había conjuntos humanos que estaban convencidos que podría lograrse un gran cambio, y estaban dispuestos a movilizarse colectivamente detrás de ese sueño.

No estamos discutiendo éxitos y fracasos, estamos rescatando ese factor de movilización social, esas imágenes conjuntas de una transformación social. Y hoy eso parece estar ausente, o al menos ha estado ausente en los 80 y los 90, y si bien ahora aparecen algunos indicadores de que mucha gente siente la necesidad de un cambio, no aparecen a la vista imágenes que movilicen a grandes conjuntos, salvo en coyunturas efímeras.

Pareciera ser que algunos de los fracasos en las aspiraciones de la cultura de los 60, nos hubieran dejado en el pantano de la cultura de la Postmodernidad. Y digo pantano, porque por lo general se habla de “corrientes culturales”, pero las corrientes dan la imagen de un torrente que avanza, venciendo resistencias y sumando afluentes. En cambio la Postmodernidad, se parece más a las aguas estancadas. Las aguas estancadas del individualismo, del escepticismo, el relativismo, y sobre todo la negación de toda posibilidad de cambios profundos.

Tal como dice Lipovetzky, la Postmodernidad es la “segunda revolución del individualismo”. Pero ya no se trata solamente de aquel individualismo materialista fomentado por el viejo liberalismo, funcional al sistema económico, que desde luego sigue existiendo. Ahora también quienes dicen buscar alternativas, quienes intentan definirse como la “contra cultura”, lo hacen de modo individualista y fragmentado. Para los postmodernos pareciera ser un mérito renegar de la posibilidad de toda cosmovisión, desconfiar de los grandes relatos, resistirse a ser parte de algo en lo que se sientan etiquetados.

Está bien visto ser nihilista, incrédulo, vivir el presente, y jugar a desentenderse de todo. Está bien todo lo que sea subjetivo y relativista, y cualquier convicción es confundida con absolutismo. Estamos ante una cultura narcisista en la que cada cual cree utilizar al máximo sus libertades individuales, mientras que el sistema restringe cada vez más su campo de acción. Es como una gran prisión con celdas individuales, donde cada uno cree ser libre porque en su celda hace lo que quiere, con su cuerpo, con sus pertenencias y con su miserable vida, aunque jamás pueda ver el sol.

Y desde luego que en una sociedad de individuos aislados y apáticos, la maquinaria del sistema sigue avanzando, y nos aproxima a lo que Beck denomina la “Sociedad del riesgo”, porque cada vez es más probable una catástrofe social, o ecológica, o nuclear, sin que nadie pueda impedirla, porque la sociedad no tiene mecanismos para prevenir y frenar su propio suicidio colectivo.

Y en esta era del desencanto y del alma desilusionada, parece difícil salir del círculo vicioso. Está difícil proponer ideales, a quienes creen que han muerto las ideologías; o proponer pensar en el futuro a quienes creen que solamente importa el presente; proponer grandes cambios a quien desconfía de toda propuesta. Está difícil comunicar un proyecto de transformación, porque todas las palabras antes cargadas de sentido, ahora se nos aparecen como consignas gastadas, y todos los proyectos imaginables, se parecen a viejos intentos ya fracasados, al menos desde la pesimista visión de la cultura postmoderna.

Estamos en un problema, porque aún los que sienten la necesidad de salir de este pantano, no encuentran una nueva imagen que los motive, y mucho menos que les sirva para motivar a otros. Y es que toda imagen con la que se quiera dibujar una utopía, necesariamente tendrá elementos ya conocidos. El propio Tomás Moro, quien acuño el término utopía en su significado actual, cuando se imaginaba esa sociedad ideal, se la imaginaba con siervos y esclavos, cosa que hoy nos parece una gravísima contradicción. Pero así veía la sociedad ideal un inglés de hace 500 años. ¿Cómo debería verse hoy para movilizarse tras ella?- No me hablen de palabras gastadas, dirán algunos-. -Háblenme de algo nuevo, pedirán otros-. Como si se tratara de comprar un nuevo modelo de automóvil.

Pues yo creo que quizá, no tengamos que esperar movilizarnos por algo novedoso. Tal vez lo que nos pueda movilizar y sacar de este pantano, sea lo más antiguo. Tal vez sea aquello que alguna vez sintió el primer simio, el primer primate que se puso de pie para poder mirar al cielo y así transformarse en humano. Y luego se puso de pie otro, y diez más y cien más, y finalmente todos. Tal vez eso aún esté vivo dentro de nosotros y hoy nos ayude a salir de este pantano y poder dar un nuevo salto. Claro que tal vez, es algo que no se ve, que no es sencillo transmitir con las palabras, y mucho menos se puede apresar.

Y hablando de cosas que no pueden apresarse, me resultó curioso que, leyendo algunas cuestiones acerca de esta cultura de la Postmodernidad, encontré que algunos postmodernos hacen suyo uno de los principios de la física cuántica. El principio de incertidumbre cuántica de Heisemberg. Este principio dice algo así como que no es posible medir la posición y velocidad de las partículas más elementales, porque para poder observarlas hay que iluminarlas, y al hacerlo los fotones colisionan con las partículas y las desvían. Supongo que algunos postmodernos consideran que esto abona la teoría de que si todo es incierto y no son posibles las respuestas integrales, entonces lo más sensato es el escepticismo. Claro, uno de física no sabe nada, pero de pronto me preguntaba, si esto de definir a este principio como “principio de incertidumbre”, no tendrá que ver con el hecho de que algunos consideran que para poder tener certidumbres o certezas, es imprescindible poder medir y cuantificar todo. ¿Y que tal si hubiera otro modo de tener certezas?, ¿Y que tal si para movilizarse tras una utopía, no es necesario tener los planos y la maqueta de la ciudad ideal del futuro?…

Otras cosas se me ocurrían con este interesante principio, una fue casi una alegoría; porque si las partículas más elementales no pueden medirse porque la luz modifica su trayectoria al observarlas, eso significa que la denominada “realidad concreta”, se moverá según como la iluminemos. Y diferente será nuestra realidad presente, si la seguimos mirando bajo la penumbra de la resignación y el nihilismo, que si la iluminamos con una utopía lanzada al futuro.

En todo caso, creo que será interesante que, en todos los ámbitos de la sociedad, el arte y la cultura, quienes sientan la necesidad de un cambio, la necesidad de crear una nueva cultura que nos saque del sin sentido y de la violencia, que confíen en ese ancestral clamor interno, se pongan de pie y caminen hacia lo que sienten verdadero. Y que no tengan pudor en aspirar a cosas grandes, porque son las cosas grandes las que valen la pena. La trascendencia, vale la pena. Vivir con sentido, vale la pena. Borrar el sufrimiento de la faz de la tierra, es un proyecto que vale la pena. Lo demás, son pequeñeces. Y está claro que sentir convicción interna, y ponerse de pie con resolución, no implica imponer las propias verdades a otros. Pero también está claro, que para ponerse de pie detrás de un sueño, no es necesario andar pidiéndole permiso a cada escéptico que se nos cruce en el camino.

Finalmente, quisiera terminar esta ponencia, citando el texto de un graffiti que apareció a fines del milenio pasado en algún lugar de Latinoamérica, tal vez escrito por alguien que se había hartado del pantano postmoderno:

“¡Basta de realidades, queremos utopías!”
Posted by tomas_a in 20:39:17 | Permalink | No Comments »